lunes, 6 de julio de 2009

A la espera de una familia

Son cada vez más familias que se forman mediante la adopción de chicos de más de 3 años o grupos numerosos de hermanos. Sin embargo, son muchos los chicos que esperan en instituciones y son más los padres que todavía no se animan a esta posibilidad.

Sábado 20 de junio de 2009. Diario La Nación de Buenos Aires

Ninguna historia es igual a otra, pero todas conmueven por la sensibilidad, el arrojo frente a lo desconocido y la capacidad de sobreponerse a situaciones adversas. Por eso y a pesar de sus diferencias, todas comparten un tronco común que las tiñe del mismo sentido: un profundo deseo de formar una familia y un fascinante camino recorrido para conseguirla.

En los padres, porque no encontraron en la biología la manera de tener hijos. En los hijos, porque las circunstancias los llevaron a necesitar otra familia que los acogiera. Dos expectativas de felicidad que se unen en la adopción, venciendo montañas de prejuicios e inseguridades. Sin embargo, en estos casos, el desafío es mayor, porque el ensamble familiar se da con niños de más de 3 años o grupos de hermanos, que cargan sus propias historias y fantasmas.

Cuando los años de tratamientos de fertilización fallidos obligan a imaginar otras opciones para poder canalizar todo el amor de padres, la adopción se asoma, tímida y sigilosa, como una posibilidad. En ese momento, es fundamental el apoyo de las ONG especializadas en el tema, que pueden erradicar todas las dudas y miedos lógicos de los padres, y acompañarlos durante el proceso. "La mayoría de los adoptantes quieren reproducir con ese menor las etapas vitales de un padre biológico, y por eso prefieren adoptar bebes de menos de un año. Desde que nacen y tienen pocos meses hasta cambiarles un pañal y darles una mamadera. Existe cierto temor infundado a que a determinada edad los chicos ya tengan patrones de conducta o problemas de salud irreversibles", explica Pablo Padula, defensor civil y comercial N° 4 de Posadas.

Hoy sobran personas dispuestas a acoger a niños de menos de un año, que tienen que esperar un promedio de 3 años para hacerlo, y faltan padres con intención de adoptar a chicos en edades más avanzadas, grupos de hermanos o con problemas de salud, que los jueces entregan en cuestión de meses, para evitar que sigan pasando sus infancias en hogares o institutos.

Si se le suma que no todos los menores que necesitan una protección especial están en condiciones de ser adoptados, el número se achica. Para que alcancen esa condición, tiene que existir una decisión judicial que dictamine la necesidad de buscarles otra familia. Esto sucede cuando la familia de origen no puede asumir la crianza, o por causas graves como maltrato, abuso o negligencia en el cuidado. "Es probable que la Justicia se demore más de lo necesario a la hora de decretar la adoptabilidad de los niños, sobre todo considerando que cada día en la vida de un niño puede cambiarlo para siempre. Pero garantizar el cumplimiento del estándar del interés superior del niño no es tarea fácil: hay que investigar no sólo en la historia de vida, sino también asegurarse de que mantenerlo en el entorno familiar es inviable y, sobre todo, encontrar el mejor hogar posible para ese niño en particular", dice Liliana Bertolotti, jueza de familia de Posadas, para responder a las quejas sobre los largos plazos en los procesos de adopción.

Video: a la espera de una familia

Vida nueva
A Julio y Jacqueline fue su psicólogo de pareja el que les aconsejó acercarse a Prohijar después de varios intentos fracasados de embarazo. Empezaron a participar de las actividades y reuniones de la entidad y después de varios meses se anotaron para adoptar a dos hermanos de hasta 7 años, cuando en un primer momento sólo querían un bebe de hasta 2 años. "Cuando nos llamaron para contarnos el caso de un grupo de hermanos, de 7, 8 y 9 años, yo pensé que era ideal, porque ya teníamos tres perros, uno para cada uno", cuenta Julio, con una sencillez que refleja la forma práctica en que se toma la vida.

Para compensar, Jacqueline tenía los miedos lógicos de cualquier mujer a la hora de ser madre, pero además la asustaba un poco la idea de adoptar a chicos de estas edades, porque tenía 33 años y se sentía muy joven. "El día en que nos hablaron de estos chicos justo dio testimonio en la fundación un padre que había adoptado a cuatro y lo contó con tanta alegría que me dio esperanzas. Yo estaba preparada para una tragedia, entonces todo lo que vino después fue mucho más fácil", confiesa Jacqueline.

El recuerdo de cómo llegaron a ser familia viene acompañado de lágrimas, silencios y mucha alegría: la llamada para ver si estaban dispuestos a vincularse con estos chicos; el día en que los conocieron en la fundación y a las pocas horas ya jugaban en la plaza, y esas primeras sensaciones de sentir propias a esas personitas antes desconocidas. "En cuanto los vi me puse a llorar y a reír porque el más grande se parecía muchísimo a Julio, y hoy se parece más todavía porque le copió algunos gestos", dice esta madre, psicóloga de profesión.

Siguieron 45 días de varias salidas para empezar a conocerse, hasta que el 13 de diciembre de 2007 ya estaban viviendo juntos en su casa de Colegiales. "Maxi, el día en que nos conoció, le pidió un bolso al director del hogar y lo tenía preparado debajo de la cama, listo para irse", dice Julio, para enfatizar la tremenda necesidad de todos los chicos que viven en hogares de tener su familia.

En ese momento, Jacqueline trabajaba en tres lugares y pidió nueve meses de licencia. Además, tuvieron que vaciar todos los placares y modificar el lavadero, pero sobre todas las cosas tuvieron que modificar su estructura diaria. "Nos costó organizarlos porque ellos tenían otro estilo de vida. Aprendieron a ser ordenados, a respetar el horario de la cena, a no comer con el televisor prendido, a no masticar con la boca abierta. Pero lo primero que tuvieron que aprender fue a dejarse querer y a cambiar su imagen sobre los padres", dice Julio con sabiduría.

Los hijos de Julio y Jacqueline hoy tienen 12, 10 y 9 años; se están nivelando en el colegio; han formado un nutrido grupo de amigos, y tienen una familia que los adora.

"Parece imposible, pero no lo es. A mí me completó como persona el ser mamá. El mito más fuerte que hay que vencer es que la biología hace a la maternidad, cuando lo que la determina es el ejercicio del rol. Yo tengo el beneficio y el orgullo de que mis hijos nos eligieron como padres, y eso no es común", concluye Jacqueline.

No existen cifras oficiales sobre la cantidad de chicos que esperan una familia, y eso no permite tener una dimensión acabada de esta problemática. Sin embargo, según un relevamiento realizado por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, la Secretaría de Derechos Humanos y Unicef, en 2006, cerca de 20.000 chicos y adolescentes de hasta 21 años residen en 757 establecimientos, y el 84,8% permanece allí privado de su libertad por causas no penales, sin la posibilidad de vivir en familia. A su vez, algunas ONG estiman que en la provincia de Buenos Aires son cerca de 12.000 los chicos que siguen esperando, y en la ciudad de Buenos Aires, alrededor de 3000.

Del otro lado, se encuentran los 500 postulantes que por año se inscriben en el Registro Unico de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos, que funciona en la ciudad de Buenos Aires. Las guardas otorgadas por juzgados porteños no superan las 100 por año; por lo tanto, hay tres veces más inscripciones que guardas. Cuando se analizan las condiciones establecidas por los 1403 inscriptos para adoptar, nadie está anotado para recibir a cinco hermanos, una sola persona para adoptar a cuatro, 19 para tres y 551 para dos hermanos.

En el Registro Unico de Adoptantes, de alcance nacional, pero al que sólo 10 provincias han adherido voluntariamente, existen 1851 legajos admitidos, de 388 aspirantes monoparentales femeninos, 15 aspirantes monoparentales masculinos y 1448 matrimonios. Esto habla de un total de 3299 personas si se contabilizan por separado los esposos y esposas. De éstos, 886 aceptan hermanos; 377, niños con problemas físicos, y 177, niños con VIH negativizado.

"En la adopción de chicos más grandes, es muy importante el tiempo dedicado a la previnculación, porque es el primer paso respecto del consentimiento. Nosotros buscamos padres para los niños y no niños para los padres. Por medio de charlas que damos durante todo el año, vamos acompañando a los padres en la espera, a la vez que los formamos", explica Adriana Abeles, de Campos del Psicoanálisis.

Una nueva tendencia que los especialistas señalan es el aumento del número de mujeres y hombres solos que se acercan para adoptar a chicos más grandes. "Esta es una realidad cada vez más frecuente. En nuestra fundación, cerca del 25% de las personas que atendemos adoptaron a chicos más grandes o están en proceso. En general, tienen más de 40 años y son monoparentales, porque empezaron a pensar en la paternidad de grandes", cuenta Graciela Livsky, de la Fundación Adoptare.

"Existe la fantasía de que si uno adopta un niño chico todo va a parecerse a lo que sería un hijo propio. Y esto no es así, porque hay una memoria genética. Con los niños grandes, la gran ventaja es que ellos participan del proceso", sostiene María Adela Mondelli, de Fundación Adoptar.

Todos coinciden en que para poder adoptar a grupos de hermanos y a chicos más grandes hay que tener muchas ganas, espacio físico, recursos económicos acordes, un gran acompañamiento de una ONG, y el apoyo de todo el entorno. Como el niño también carga con sus tiempos y condiciones, se requiere de una disponibilidad afectiva muy grande de los adoptantes.

"Se necesitan para estos chicos familias con mayor fortaleza, flexibilidad y disponibilidad para pedir ayuda cuando lo necesitan", agrega Sandra Juárez, de Prohijar.

Padres por casualidad
No hace falta creer en la predestinación para empatizar con la historia de Raúl y Marta Orsi, que se transformaron en padres casi por casualidad. Todo empezó en diciembre de 1988, el día en que aceptaron el ofrecimiento del hogar La Casa de la Niña, ubicado en su misma cuadra, en Santa Fe capital, para recibir a María de los Angeles, de 7 años, en las Fiestas, porque el hogar cerraba sus puertas esas dos semanas.

"Nosotros llevábamos 5 años de casados y ni siquiera teníamos intenciones de adoptar en ese momento", dice Raúl. En ese entonces tenía 29 años, y su mujer, 28, y ya empezaban a sentir la presión social de no tener hijos.

Bastaron solo dos semanas para que María de los Angeles tenía problemas de aprendizaje, casi no les hablaba y le costaba socializar. "Era morochita, y el primer fin de semana nos dio vergüenza ir con ella a misa y fuimos solos. En la semana, lo hablamos y nos sentimos muy incómodos. Nos decíamos muy cristianos, pero cuando llegaba el momento de compartir con otras personas, nos había ganado el prejuicio", confiesa Raúl.

que esta nena, que al principio se mostraba fría y retraída, se integrara en sus vidas. "Estábamos viendo una película con la nena. Se sentó en mi falda y apoyó su mejilla sobre la mía. Fue una cosa mágica, como si una varita me tocara el corazón", relata Raúl emocionado.

Vivieron la Navidad más linda de sus vidas y eso los convenció para ir al hogar a preguntar por la situación de María de los Angeles y enseguida empezaron los trámites de adopción.

Los primeros tiempos fueron duros por el desconocimiento, y porque no tuvieron un grupo u ONG que los guiara. Sin embargo, volcaron todo el amor contenido en su nueva hija. "Nosotros nos preguntamos cómo habría sido de bebe, y lo tomamos con naturalidad. De chica le leíamos libros sobre la adopción. Lo que nos iba preguntando, lo íbamos manejando. Si uno lo habla con naturalidad, deja de ser algo fantasioso o para ocultar", dice Raúl.

Dentro de su nueva familia, María de los Angeles pudo superar sus problemas de aprendizaje. "Hizo toda la primaria, la secundaria y luego se recibió de técnica agrónoma", dice Marta orgullosa.

Hoy, con 28 años, y madre de dos pequeños, María de los Angeles sigue disfrutando de los programas con sus padres. "Con los nietos fue que nos dimos el gusto de cambiar pañales y jugar a la pelota", dice Marta, quien ahora vive junto a su familia en Esperanza, Santa Fe, y a sólo 8 cuadras de su hija. Se emociona cuando habla del vínculo profundo y sólido que pudo establecer con su hija. "Yo a veces escucho a otras madres que se quejan porque sus hijos no les prestan atención, y en mi caso María de los Angeles es super compañera", dice.

Problemas
Los chicos que son adoptados de grandes vienen de largas situaciones de vulnerabilidad y con demasiadas carencias. Por eso, cuando encuentran una nueva familia que además de amor los llena de confort material, muchas veces tardan en adaptarse. En general, necesitan un tiempo para aprender a valorar las cosas y a compartirlas, porque nunca tuvieron nada propio.

También son frecuentes los problemas de aprendizaje y las complicaciones en el cumplimiento de normas y pautas familiares. "Recibimos consultas sobre chicos con voracidad en la alimentación o que guardan comida, chicos grandes que se orinan encima o no se quieren bañar. También en las familias hay normas con respecto a la intimidad y la sexualidad que los chicos desconocen y que tienen que aprender", explica Beatriz Gelman, de Adoptare.

Gabriela y José Cvitovic, de San Antonio de Areco, vivieron con sus 4 hijos adoptivos algunas de esas complicaciones con la mayor naturalidad del mundo. Miedo a la hora de bañarse, camas mojadas por las noches, falta de demostraciones afectivas y berrinches. "Pero en el andar fuimos aprendiendo y creciendo juntos. Ellos a tener nuevos papás y nosotros a tener nuevos hijos", dice José, productor agropecuario de la zona, desde el sofá del living de su casa, mientras dos de sus hijas hacen monigotadas a su alrededor.

En diciembre de 2006, ya habiendo presentado las carpetas necesarias con el asesoramiento de Prohijar, los llamaron para ver si se animaban a recibir a 4 hermanos, cuando ellos se habían anotado para adoptar hasta a dos hermanitos. "Por algo será que esto nos llega ahora", pensaron y aceptaron la aventura de integrar a tres hermanos 8, 9, 12 y 13 años, tres mujeres y un varón. "Nuestra casa tenía un living, una cocina y dos dormitorios. Vivimos 8 meses todos juntos en el mismo espacio y sobrevivimos. La gente nos donaba ropa, peluches y muebles. Después estuvimos 6 meses en obra para refaccionar y ampliar la casa", dice Gabriela, con la satisfacción de haber superado la prueba.

Tienen un extenso jardín que los chicos disfrutan cada vez que pueden junto a sus amigos o primos. En la casa no tienen televisión, porque los padres decidieron priorizar la vida al aire libre. Durante la entrevista, los chicos traen mate y masitas a la mesa, buscan llamar la atención de sus padres y se distraen jugando con la computadora.

"Al principio yo tenía miedo. No sabía si me iban a dar vuelta la casa, si me iban a hacer un piquete o si se iban a querer ir. Para nosotros, los conocimos en su mejor edad, porque fue con la que llegaron a nuestras vidas. Yo creo que como padre no te perdés de nada porque todo es tan intenso que ni te enterás", cuenta José.

Todo fue nuevo, pero, sin embrago, ellos sienten que están juntos desde siempre, a tal punto que no se acuerdan de cuando estaban solos. José y Gabriela aseguran que no es tan simple como esperaban pero tampoco tan complicado como parecía. Apelando al sentido común y a los límites, consiguieron armar la familia que siempre quisieron tener. "Yo creo que el hecho de que sean hermanos ayuda a la adaptación, porque tienen sus propios códigos y lenguaje", dice José, convencido.

Poner a prueba
Durante el primer tiempo de convivencia, los chicos suelen poner a prueba a los padres para asegurarse de que no los van a abandonar, y es allí donde se les aconseja brindarles la contención necesaria para que entiendan que se ha formado una familia para toda la vida. "A mis hijos les costó confiar en que era para siempre. Al principio, cuando nos íbamos al cine teníamos que decirles que volvíamos, porque ellos necesitan esa seguridad", dice Soledad Ricci, quien junto a su marido Luis, adoptaron a 3 hermanos de 2, 3 y 5 años.

Todos formaron una nueva familia en Bella Vista, en la casa en donde Soledad vivió durante su infancia, acompañados por tres perros, un gato, dos coballos, y un amplio jardín con árboles y una pileta.

Los chicos reciben a La Nación con el uniforme del colegio, con un cartel de bienvenida en la puerta y nos hacen una recorrida por su nuevo hogar.

"Después de muchos años de tratamientos, empezamos a pensar en la adopción y nos acercamos a Anidar. A principios de diciembre de 2004 armamos 25 carpetas y las mandamos a cada uno de los registros provinciales de adopción. El 21 de ese mismo mes, nos llamaron de un juzgado porque había tres hermanos en espera. Los chicos vivían en un hogar y el juez quería que pasaran esas fiestas con una familia. En tres días, ya los teníamos en casa", cuenta Luis.

Su entorno los ayudó mucho y la familia fue fundamental en ese sentido. Soledad se tomó 3 meses de licencia en su trabajo y después modificó y acortó sus horarios para poder estar más tiempo en casa con sus hijos.

"Tenemos los problemas que puede llegar a tener cualquier familia. Ellos de a poquito van adaptándose, buscando su lugar en el mundo. Es algo que se tiene que trabajar y mucho. Para ellos todo es nuevo, es un mundo nuevo para descubrir cada día", dice Soledad.

Para Luis lo más complicado fue perder la independencia que habían disfrutado durante sus 13 años de casados, porque los chicos lo empezaron a demandar en forma constante. "Es verdad que acarrean historias, pero todo es superable. Lo que pasa es que hay que ponerle garra y tiempo. Son chicos que necesitan atención permanente. Es impresionante como ellos te van devolviendo lo que vos les vas dando", dice.

Por lo general, como han tenido que superar situaciones complejas, estos grupos de hermanos desarrollan un vínculo de supervivencia, y se cuidan mutuamente. "Ellos aprendieron de grandes a jugar, a hacerse amigos y a ser hijos. De a poco se fueron mimetizando con nosotros. Es impresionante como copian los gestos y las frases", dice Soledad, que tiene grabados a fuego esos días en que se escondía debajo de la escalera, para que sus hijos no la encontraran y le gritaran mamá por primera vez.

"Son dos carencias que se unen. Tanto ellos como nosotros nos necesitábamos y se formó una familia", concluye Luis.

Todo indica que este tipo de adopción implica enormes desafíos, pero ninguno parecería imposible de superar con las herramientas necesarias y la voluntad suficientes.

Por Micaela Urdinez
De la Fundación LA NACION


Contactos

Prohijar: www.prohijar.org.ar


Anidar: www.anidar.org.ar


Campos del Psicoanálisis: www.psicoanalisis.org.ar


Fundación Adoptar: www.adoptar.org.ar


Fundación Adoptare: 4865-4924

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ATREVANSE!!!
Nuestra historia de adopción comenzó en 2005. Dadas nuestras edades y nuestras historias personales, aspirábamos a adoptar una niña de segunda infancia, o dos, si fueran hermanitas, o un niño y una niña, pero la condición era que el sexo femenino estuviera presente.

Así es que recurrimos a la ONG Anidar y con su asesoramiento conocimos historias de adopción diversas, fáciles algunas y más complicadas otras. Por estas últimas deseábamos que el Juzgado que nos tocara en suerte nos llamara por la edad menor posible dentro del rango elegido inicialmente, esto es de 5 a 9 años.

Sorpresivamente, tres meses después de presentar la carpeta recibimos la llamada de una jueza de una provincia del interior, que nos proponía la guarda de un niño de 10 años, cosa que se alejaba apenas del rango de edades elegidas y nos acercaba a aquel prejuicio de que cuanto más grande, más difícil. Más conmocionante fue aún saber que se trataba de un varón, ya que veníamos alimentando la idea de una niña. No dudamos en aceptar. No podíamos decir que no, no se trataba de elegir la antigüedad de una casa o el modelo de un auto, sino de un niño que nos esperaba, un niño que sería nuestro hijo.

Así, el 4 de marzo lo conocimos. Nos enteramos también de que ya había cumplido los 11 años, pero nos enamoramos de él y nos olvidamos por completo de nuestras expectativas con respecto al sexo.

En pocos meses de convivencia tuvimos que aprender lo que es fácil y lo que es difícil de esta integración de su historia a nuestras vidas. Pero sobre todo aprendimos lo difícil que fue para él abandonar su lugar natal, sus amigos del hogar, subir a un micro con dos extraños y encontrarse de pronto viviendo en una ciudad loca como Buenos Aires.

Hubo días tormentosos, de rebeldías, de mal humor, que si bien son características generales de todos los chicos, en este caso tuvimos que tener siempre presente su particularidad, producto de su historia, del amor que le faltó y del maltrato que recibió.

Fue necesario tiempo para que él nos aceptara como padres; tiempo para que comprobara que no lo íbamos a abandonar, tiempo para que dejara de usar palabras que aprendió y que pertenecen a un pasado que no eligió.

Aprendimos como padres que la adopción es un proceso que no nos atañe sólo a nosotros. También él nos tuvo que adoptar como mamá y papá, y en ese proceso nos fuimos transformando, adoptándonos. Aprendimos que él necesitaba pertenecer a una familia, saber que tenía el lugar que nunca tuvo.

Hoy, a más de tres años de compartir nuestras historias, porque ya tiene 14 años, podemos asegurar que viviríamos una y mil veces aquellos primeros días, en los que todo fue maravilloso -incluyendo los sinsabores-, como es maravilloso verlo crecer amándonos y amarlo cada día sintiendo que fue nuestro hijo desde siempre.

Hace más de un año nos pidió un hermano y eligió a un amigo del hogar donde vivió.

Nos atrevimos nuevamente, decidimos compartir su deseo y emprendimos una vez más el camino. Su nuevo hermano tiene tres años más que él, 17, y está con nosotros desde hace nueve meses. Es otra su historia, es otra su particularidad, otra experiencia por integrar a nuestras vidas. Estamos aprendiendo a ser otra vez padres, partiendo de lo nuevo y lo aprendido con nuestro primer hijo.

La relación entre lo nuevo y lo aprendido es compleja, donde lo nuevo adquiere una dimensión preponderante, ya que una vez más se trata de hacer confluir historias de vida diferentes, que en este caso es una larga historia de 17 años, con aspectos generales que hacen que un adolescente comience a incorporar nuevos códigos y que una familia empiece a aceptar otros que hacen a la condición etaria: música, costumbres, salidas nocturnas, límites, nuevos amigos. Nuestros hijos no son bebes, pero son niños al fin y nos esperaban como padres.

Hay cientos que esperan por ustedes como ellos lo hicieron por nosotros. ¡Atrévanse!


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Un proceso valioso y gratificante

Múltiples factores han incidido para que -cada vez con mayor frecuencia- personas solas o matrimonios, deseosos de ejercer el rol parental, decidan adoptar niños mayorcitos.

Es cierto que en estos casos el proceso de adopción tiene ciertas peculiaridades. No se trata de un bebe al que se lo puede trasladar en brazos, pero sólo es un proceso distinto, no menos valioso o gratificante.

El niño viene con una historia previa, que aunque a veces dura, es parte de su vida, y como tal, los adultos -sus futuros padres- deberán aceptar. Por otra parte, estos niños tienen más discernimiento que uno chiquito. Y también ellos deben aprender a conocer y aceptar a esos padres. Se trata de una elección mutua, de la progresiva creación de lazos de recíproco afecto y confianza, que se irán afianzando en el tiempo.

Desde instituciones oficiales y ONG reconocidas, se brinda orientación y acompañamiento para que el proceso de vinculación tenga respaldo profesional y guarde el ritmo de gradualidad adecuado al caso.

Alojado en hogares o institutos, un niño podrá -en el mejor de los casos- recibir cuidados y enseñanza, pero sin resolver la carencia de aquello que es esencial para su desarrollo sano y armónico: la pertenencia a un seno familiar.

En algunos casos, será adecuado recurrir a otras figuras como un padrinazgo, una tutela o un acogimiento. En otros, el dictamen judicial de adoptabilidad abrirá la posibilidad de búsqueda de una familia adoptiva.

El testimonio de adultos que han asumido el desafío de recibir a un niño mayorcito y los logros que él puede obtener, resultan el mejor estímulo para quienes aspiran a ejercer esta paternidad particularmente valiosa y fecunda.

Los autores son abogado y mediador de familia, y asistente social especializada en adopción, respectivamente

viernes, 3 de julio de 2009

Un hombre solo contra la mafia y la miseria

Historias con nombre y apellido
por Jorge Fernández Díaz, diario La Nación de Buenos Aires. Sábado 27 de Junio de 2009

El primer aviso mafioso llegó un viernes. Ocho hombres prolijos, bien vestidos y armados para una guerra tomaron por asalto el taller de la escuela gráfica de los chicos pobres, los amenazaron de muerte y se llevaron unos pocos pesos.

El segundo aviso fue dado casi tres meses después: encapuchados secuestraron a un adolescente de la Obra Juan XXIII, lo pasearon en un auto bordó y le advirtieron que quemarían tres edificios de la Fundación Pelota de Trapo.

Sesenta días más tarde enviaron el tercer aviso. Levantaron de la calle a un educador, lo metieron en una Ford EcoSport y le dijeron: "Alejate de esa campaña de mierda contra el hambre; éste es el último aviso". Lo golpearon fuertemente, le apuntaron con una pistola y lo dejaron a quince cuadras de la estación Gerli.

La tercera fue la vencida, y entonces Alberto Morlachetti, creador de esa fundación famosa, coordinador del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo e impulsor de la campaña nacional "El hambre es un crimen", se convenció de que la mafia no se detendría y que todos estaban en peligro de muerte.

No se equivocaba. Desde ese momento ocurrirían todavía cinco ataques más. Interceptaron a una docente en Temperley. Luego raptaron, golpearon y le realizaron perversas heridas leves con un cúter en brazos y piernas a otra educadora de ese movimiento humanitario. A los diez días se la llevaron de nuevo en José C. Paz, la narcotizaron y la dejaron tendida boca arriba en una plaza frente al cementerio de Chacarita. Lo mismo hicieron con otro maestro de un hogar para niños, que apareció tirado en plaza Constitución, y también con un voluntario que dejaron libre en el hipermercado Coto de Lanús después de un viaje de miedo y aprietes.

La razón de tanto ensañamiento es, aunque resulte increíble, una campaña pacífica pero multitudinaria que se lleva a cabo en todas las provincias y que tiene un fin noble: difundir la demencial hambruna por la que pasan millones de argentinos. La noticia llegó hace unos meses hasta el diario El País de Madrid, que comenzaba el artículo con esta estadística: "Ocho niños menores de cinco años mueren por desnutrición al día en la Argentina, uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo".

El protagonista de esta movida no gubernamental y de esta campaña amenazada es un hombre singular que empezó como canillita, estudió sociología en la Universidad de Buenos Aires, dedicó su vida a los chicos pobres porque él mismo lo fue, y está sentado ahora frente a mí, en una casa de Avellaneda, adonde va Serrat de vez en cuando a tomarse unos mates y donde el Viejo -así le dicen todos con cariño- fuma indolentemente un cigarrillo tras otro.

Bordea los 66 años, tiene cáncer de próstata y arde en deseos de terminar el tratamiento y estar mejor para volver a vivir en la sede de la Fundación porque extraña terriblemente a los niños. Le señalo el cigarrillo y Alberto se ríe: "Fumé toda la vida, esto no tiene nada que ver con la próstata". Así que no me jodas, pudo haber agregado, pero se guarda el pensamiento por cortesía de recién conocido.

Vengo a contar su historia, y el Viejo lo sabe. Pocas veces accede a notas. No le gusta la exposición y me pide que no abunde demasiado en su enfermedad porque hay buenos pronósticos y porque no quiere aparecer vulnerable ante sus "hijos". Se lo ve bien, lúcido y afable. Los secuestros del año pasado se detuvieron misteriosamente, pero todavía siguen enviando de vez en cuando mensajes intimidatorios a sus celulares. ¿Quiénes son? ¿Quiénes pretenden desarticular una idea que busca concientizar sobre el gran drama argentino? ¿Existe una especie de nueva Triple A en la provincia de Buenos Aires? No hay respuestas, y entonces yo le pido que me cuente algo. Me cuenta una vida.

Morlachetti nació en el campo, pero su patria es Avellaneda. Vivía en un conventillo, en el tiempo del empedrado y el tranvía, cuando esa zona todavía estaba cruzada por la ética del trabajo. Alberto andaba todo el tiempo en la calle. "Hay delitos que para los pobres nunca prescriben -me dice recordando correrías que no quiere precisar-. La pobreza es dura, una cicatriz abierta."

Todavía existía el gallego del café de la esquina que lo escondía de la policía o le daba algo para comer. Igualmente recuerda esa sensación inolvidable: tener hambre, padecer ese dolor de estómago vuelto amargura y desesperanza. Alberto se salvó de lo peor porque sus padres lo mandaron al colegio y porque en el puesto de diarios se hizo adicto a la lectura. Pero muchos de sus compañeros se quedaron en el camino: "La pobreza no es una elección -me explica como si hiciera falta en esta sociedad frívola-. La pobreza es una imposición: te pone una pistola en la cabeza".

Alberto tiene una pena inmensa por esos pibes que no pudieron salir del laberinto. "A mis amigos les saquearon las palabras", me dice. La lucidez del lector, la posibilidad de amueblar la vida con libros, lo rescataron a él de un destino trágico. En su adolescencia, leía de todo: diarios, revistas, libros; Camus, Marx, el Nuevo Testamento. Y se quedaba en los potreros del crepúsculo pensando que era posible construir un paraíso en la tierra.

De forma natural, comenzó a organizar partidos de fútbol y después campeonatos, y a dirigir a equipos con chicos de la calle. Todavía era muy pobre cuando se anotó en la UBA y estudió sociología. Trabajaba y estudiaba y era un exotismo en el barrio. Alberto era sesentista. Los años 60 eran los años de los sueños. Pero su madre era católica. Le dejó un legado preciso: "Cuando algún día la vida te trate duramente, tomá la mano de un pobre".

Gracias al fútbol Alberto arrancó con su plan. Creó primero los "sábados de chocolate": partido y chocolatada con facturas, que garroneaba en panaderías del barrio. No lo hacía como una cuestión política ni por simple caridad. Lo hacía con amor legítimo por esos chicos, que provenían de villas, de orfandades, de la nada oscura. Lentamente, comenzaron a plegarse clubes, sociedades de fomento, vecinos.

El Viejo era joven, pero sabía perfectamente que debía construir un territorio. Lo hizo. Con rifas, con donaciones, con trabajos y rebusques, logró comprar dos lotes y levantar la Casa del Niño de Avellaneda. Desde ese dificultoso comienzo hasta ahora han pasado cerca de treinta años. Hoy tienen una imprenta, una panadería, dos hogares, una granja, bibliotecas, consultorios y sobre todo una organización nacional donde comparten alegrías y fuerzas con otros trescientos emprendimientos solidarios de todo el país, como la Red El Encuentro, de José C. Paz, o el Hogar Juan XXIII, de Avellaneda.

Cuando en los inicios Alberto Morlachetti abrió la sede de la Fundación y se mudó a ella con chicos de la calle, todo el mundo le decía que estaba loco. ¿Cómo era posible que alguien con tanta capacidad intelectual, que era docente universitario y había leído a Marcuse y seguido de cerca los textos de la Escuela de Francfort perdiera el tiempo en esos menesteres y se pusiera a tiro de esos chicos difíciles? Más allá de las convicciones, estaba la íntima necesidad de compartir su vida con aquellos niños de modales distintos y problemáticas duras pero que sabían querer mejor que nadie.

Los primeros fueron recogidos de cuevas indignas ubicadas detrás de la Facultad de Derecho. Alberto les dio cobijo, instrucción, horizonte y certidumbre. En 1977, comenzó el aluvión de los chicos callejeros, y Pelota de Trapo dio refugio a muchos de ellos. Alberto era el "padre" de todos y, al principio, tragaba saliva, en medio de sus contradicciones. Esos niños bravos tenían costumbres salvajes y lenguaje áspero. "Yo tuve que aprender de ellos -me dice-. Tuve que aprender para enseñarles."

Se enfrentó a la droga, que antes era la cocaína y el Poxiram y hoy es el paco, y a la prepotencia de la policía y sobre todo al prejuicio social. Morlachetti presenció, a lo largo de estas décadas cómo se dinamitaban en la Argentina los puentes de comunicación entre los grandes y los chicos de todas las clases sociales, y también cómo la sociedad iba colocando al niño en el lugar de victimario y enemigo público.

"Cuando un chico comete un error no es hora de estigmatizarlo y castigarlo con rigor sino de abrazarlo fuerte -explica-. A veces algunos de esos actos desesperados (no me refiero por supuesto a los homicidios ni a violencias graves) son incluso un buen signo. Un gesto de vida. Esas conductas violentas, transgresoras, antisociales, son una esperanza, como dice Winnicot, un notable de la psiquiatría. Mirá, los pibes librados a su suerte, los chicos abandonados, son un tema muy complejo. Si construir un vínculo no es algo espontáneo ni con el recién nacido, cuando toda la historia está por escribirse, ¿cómo se va a gestar un vínculo con el chico de la calle cuando en su historia nada pasó por seducirlo para la vida sino todo lo contrario? Suelto de madre es necesario domiciliarlo en un vínculo amoroso. No hay pedagogía sin ternura."

No puedo sino pensar en las noticias violentas que tienen a los menores como protagonistas absolutos. Pero también percibo, como en un ramalazo de luz, dos cosas: este hombre no es meramente un teórico, y como el padre Pepe de la Villa 21 y tantos otros soldados laicos o religiosos, políticos o apolíticos, de derecha o de izquierda, como tantos héroes en la trinchera de la miseria y el hambre, Alberto Morlachetti sabe de lo que habla aunque intente sacar el agua de un bote agujereado con la ayuda de un pocillo. Está solo en medio del mar. El Estado no lo acompaña más que con algunas becas y subsidios menores. El Estado no está ni para la foto. Sigue adelante con los médicos de la Fundación Garrahan, con donaciones y sobre todo con la buena voluntad de la gente.

Las grandes tesorerías de la política de cualquier signo faltan a la cita. Tal vez con esas tesorerías se podría practicar con eficiencia y masividad la política de la paciencia y la ternura, y no la ley de la reja y el gatillo. Pero más allá de discursos progresistas, hoy no hay plata para eso. Se ve que la plata rinde más en otro lado.

Muchos de aquellos niños rebeldes que al Viejo le daban dolores de cabeza hoy son señores con oficios y cargos bien rentados en empresas. Le traen ahora a sus nietos y le cuentan sus progresos. Son hombres hechos y derechos con la cultura del trabajo totalmente incorporada. Alberto recuerda cuando tenía que retarlos, cuando los esperaba despierto toda la noche hasta que volvían, cuando afrontaba con preocupación y a veces con humor sus diabluras.

"Una vez vienen a contarme que en una excursión uno de mis chicos, Ernesto, había robado manzanas de un puesto -recuerda con una sonrisa lluviosa-. Lo agarré al pibe y le dije: ¿cómo se te ocurre hacer eso? Momento, Alberto -me contestó-. No es así. Yo vi las manzanas rojas y sentí que me llamaban. "Ernesto, lleváme. Ernesto, lleváme", me decían las manzanas. Yo no las robé, sólo accedí a lo que me pedían." Ernesto hoy es fotógrafo y sigue cantando tangos, y tiene una buena familia. Era, en aquellos viejos tiempos, un residuo de la sociedad.

No piensa el Viejo que no haya que castigar el delito. Todo lo contrario: sostiene que se debe ser duro. Pero introduce una salvedad: "Los delitos grandes no los hacen los chicos". Le asombra el poco conocimiento que tienen los funcionarios sobre la problemática de la minoridad carenciada. Le dan vergüenza ajena. Y lo asusta que, comparados a los primeros chicos que él sacó del pozo, los pibes de esta década están más empobrecidos. Ahora el paco directamente los discapacita. "La droga, más allá del lucro, es funcional al sistema de dominación", dice enojado.

De pronto irrumpe en esa casa el hijo de una colaboradora cercana. Es un niño pequeño y Alberto deja la entrevista y la frente arrugada para abrazarlo y jugar con él con una felicidad impúdica. Es tan feliz ese hombre viejo con ese niño sonriente que quedo descolocado, como el involuntario voyeur de una intimidad sublime. Me doy cuenta en un gesto cuánto amor hizo falta para levantar todo esto. Y que ese amor no es impostado y racional, sino un torrente natural que le viene de muy adentro al canillita que se volvió campeón.

Luego nos recomienda que visitemos la panadería que levantaron en una esquina pelada. Quisiera venir con nosotros, pero el tratamiento lo tiene cansado. Los chicos de Alberto están, a esa hora, en la trastienda con el repostero. Preparan manjares. Los miro y me pregunto quién podría querer dañarlos. ¿Quiénes secuestraron, golpearon y amenazaron a esas personas buenas? ¿Quiénes envían todavía amenazas de muerte a celulares? ¿Existen incipientes escuadrones de la muerte en la provincia de Buenos Aires? ¿A quién beneficia callar la verdad?

El hambre es un crimen. Qué duda cabe. Una panadera de 17 años se sube a un banquito y anota, en un pizarrón donde hay una receta de pionono, esta frase: "Aquí no sólo se amasa el pan. Cobran sentido nuestros sueños. Echan a andar nuestros proyectos. Amasamos el país que amamos".

Deja el lápiz. Está prolija y orgullosa. Alguna vez esta chica tuvo la mirada opaca y fría. Pero ahora me mira con ojos brillantes. Asiento con la cabeza y salgo a la intemperie. Pienso en el Viejo.

Tiene que recuperarse rápido, Viejo, hay mucho trabajo. No me falle.

Cae la tarde sobre Avellaneda.

El personaje
ALBERTO MORLACHETTI
Creador de la Fundacion Pelota de Trapo

Quién es : tiene 66 años, es ex canillita, sociólogo de la UBA, creador de esa fundación e impulsor de la campaña nacional El hambre es un crimen.


Su obra : fundó hogares, cooperativas, jardines maternales, consultorios para carenciados, escuelas de oficio, granjas y redes sociales.


Distinciones : fue premiado y reconocido por Alemania, Suecia, Estados Unidos, el Instituto Bet-El, la Organización Mundial de la Salud, las Naciones Unidas y muchas instituciones argentinas y latinoamericanas. La Comunidad de Madrid le dio el Premio Infancia.


Fundación : para comunicarse hay que enviar e-mails a www.pelotadetrapo.org.ar

jueves, 11 de junio de 2009

Hidroponia. Cultivos sin tierra

PRODUCTOS Y SERVICIOS EN ARMONÍA CON LA NATURALEZA
Emprendedores de las islas del Tigre: turismo más producción sustentable
En la zona del Delta, crecen los establecimientos productivos que ofrecen alojamiento y visitas guiadas. Además de trekking y clases de canotaje, en las islas se pueden tomar cursos de apicultura o hidroponia.

Diario El Cronista de Buenos Aires, Argentina. Suplemento Pymes. Jueves 11 de junio de 2009

Todo empezó con una historia de amor de adolescentes. Mónica y Arturo Villahermosa se conocieron en el Delta. Sus familias pasaban las vacaciones en casas enfrentadas y divididas por el arroyo Espera, que por entonces sólo se cruzaba en canoa. Y después de pasar toda una vida juntos, tener hijos y un negocio en el barrio de Flores, en Buenos Aires, en 2002 decidieron volver a vivir en la isla, a 30 minutos en lancha desde el puerto de Tigre. La primera idea fue crear una huerta. Y un amigo los entusiasmó con los cultivos hidropónicos. Si algo sobra en las islas es agua...

Hoy, en el vivero hidropónico Villa Mónica se ofrecen cursos y se venden productos cultivados sin tierra. “Es un sistema de cultivo poco difundido en la Argentina, pero aportaría una solución inteligente al problema de la desnutrición, por su facilidad de implementación y su alto rendimiento”, dice Arturo. En 55 hectáreas de invernáculos, se consigue una producción similar de frutas y verduras a la que se logra en 1.200 hectáreas de cultivos convencionales. ¿Cómo es esto? En un metro cuadrado de tierra se pueden sembrar nueve plantas de lechuga, que se cosechan al cabo de 75 días. En cambio, con el sistema hidropónico se pueden sembrar 30 plantas por metro cuadrado, que están aptas para comer en 60 días. Suficiente para alimentar a una familia de cuatro personas, ya que se pueden intercalar con cultivos variados: tomates, berro, espinaca, rabanitos, berenjena y rúcula.

Hay cuatro esquemas para los cultivos hidropónicos: el primero se compone de tuberías ahuecadas, similar al sistema de riego por aspersión, aunque elevado y no subterráneo. El agua con nutrientes corre en forma intermitente por los tubos en un sistema cerrado, con lo que no hay desperdicio de agua potable. En cada orificio se coloca una semilla, que irá madurando hasta hacerse planta. El segundo esquema es una variante del anterior y consiste en colocar los cilindros en forma vertical. Es el más adecuado para cultivar frutillas, con la ventaja de que quedan limpias al sacarlas de la planta. El tercer esquema consiste en cultivos en macetas con una mezcla de turba y perlita en lugar de tierra. Es un sistema ideal para vegetales que crecen en plantas, como los tomates y berenjenas. El tercer esquema se denomina “floating” y es similar a colocar agua en una pecera con un sistema de oxigenación, arriba se coloca una plancha de telgopor agujereada, donde se siembran las verduras.

Un kit para empezar los cultivos hidropónicos cuesta $ 1.200, e incluye la capacitación. Si se saca la cuenta de cuánto una familia gasta en verduras y frutas en un año, la inversión es rentable. “Muchos pequeños productores que destinaron sus terrenos a la soja están tomando cursos de hidroponia para autoabastecerse y complementar sus ingresos con la venta de frutas y verduras”, dice Antonio. Por otra parte, “cada vez más personas se vuelcan a la alimentación natural, y hay pocas cosas tan gratificantes como cultivar los propios alimentos. Con el agregado de que los cultivos hidropónicos pueden hacerse hasta en un balcón”.

La propuesta que Mónica y Arturo ofrecen en su vivero es pasar un fin de semana en las cabañas y tomar un curso básico de hidroponia. Para los turistas que sólo van por el día, la opción es tomar el té y hacer una visita guiada al vivero para conocer los conceptos básicos de este método de cultivo del futuro.

El sabor de la miel

Marta Mattone es una pionera en el desarrollo de la apicultura en el Delta. Su padre fundó el establecimiento apícola Fe y Esperanza en 1946, y fue quien le enseñó el oficio. La familia de Marta vivió varios años en el Delta y luego se trasladó a Buenos Aires para que los hijos pudieran ir a la escuela. Sin embargo, una vez que se casó, a principios de los 80, volvió a vivir en la isla y retomó el negocio familiar de criar núcleos de colmenas, que es el insumo principal con el que trabajan los apicultores. Ni siquiera había luz eléctrica, y había pocos pobladores en la región. Una década después, resurgió el turismo y Marta se hizo conocida por la venta de miel pura y la producción de cerámicas en su taller. Los turistas que se acercaban hasta su casa en la isla de Tres Bocas para comprar miel, jalea y polen, comenzaron a interesarse por la capacitación. Marta implementó entonces cursos de cerámica y de apicultura. Hoy se ofrecen desde visitas guiadas al colmenar, hasta un curso completo de apicultura de tres meses. También, en combinación con otros emprendedores, se puede hacer trekking, canotaje, cabalgatas y pasar un día de campo con almuerzo campestre y merienda incluídos. Por otra parte, junto a su marido Sergio iniciaron un emprendimiento de cabañas turísticas (www.micasaeneltigre.com.ar). Hoy cuentan con cuatro casas totalmente equipadas en las que reciben a turistas de fin de semana (tanto argentinos como del exterior), y algunos inquilinos permanentes que se mudaron a las islas buscando una forma de vida menos acelerada y en mayor contacto con la naturaleza. “Uno aquí está alejado, pero al mismo tiempo está cerca del centro”, dice Sergio, quien viaja todos los días hasta su taller en el barrio de Villa Urquiza. “A mí me lleva 20 minutos llegar en lancha hasta una guardería en San Fernando, y de ahí son 30 minutos en auto o en tren hasta mi trabajo”, asegura.

En la época en que se fundó Fe y Esperanza, y hasta 1950, las islas del Delta eran el centro de producción frutihortícola que abastecía a Buenos Aires, y esto generaba actividades conexas, como la mimbrería para elaborar canastos. Pero la época dorada del Delta terminó con las inundaciones de los 50, reflejadas con crudeza en el clásico filme “Los isleros”, de Lucas Demare, con Tita Merello. Sin apoyo gubernamental, los pobladores perdieron todo y debieron emigrar hacia “tierra firme”. De los 25.000 habitantes que había, quedan apenas 5.000 permanentes, aunque según la Agencia de Desarrollo Turístico de Tigre, 60.000 personas visitan el Delta cada fin de semana.

Turismo sustentable

La actividad turística es hoy un pilar del desarrollo económico del Delta, desplazando a otras actividades extractivas e industriales. A partir de la crisis de 2002, se produjo un boom de desarrollos inmobiliarios con barrios cerrados y countries náuticos. Pero no se trata de un fenómeno nuevo. Durante la segunda mitad del siglo XIX la zona del Delta ya era un centro de recreación turística importante gracias a la visión de Domingo Sarmiento, quien instaló en una de las islas su casa de fin de semana, que se puede visitar como museo. Sarmiento insistió en las favorables posibilidades de desarrollo de las islas y luchó por los derechos de los colonos a poseer las tierras que trabajaban. Durante su gestión, la línea de ferrocarril a San Fernando se extendió a Tigre, lo que facilitó el comercio de productos del Delta, básicamente frutas frescas y sus derivados, y favoreció el establecimiento de lugares para pasar el día.

Desde la Agencia de Desarrollo Turístico del Tigre se promueven circuitos por las islas, como el de Tres Bocas, al que se llega tras 20 minutos de navegación en lancha colectiva, y se puede recorrer a pie, visitando distintos establecimientos productivos, restaurantes y casas de té. Uno de los más antiguos es el de La Riviera, que conserva el estilo original del “Recreo” construido hace 60 años.

Los emprendedores se agruparon en la Asociación Delta Natural para resolver problemas de infraestructura, como la recolección de basura. También participan de programas de capacitación, como el que llevan a cabo junto al INTA sobre “turismo rural y establecimientos agrícolas sustentables”, y arman promociones conjuntas para los turistas. Los nuevos isleros demuestran que es posible combinar producción, turismo y naturaleza para crecer en forma sustentable.

María Gabriela Ensinck

miércoles, 10 de junio de 2009

Biocombustibles. La nueva frontera

Biocombustibles: la nueva frontera
El paso del tiempo acota cada vez más los recursos fósiles; los especialistas dicen que es hora de acelerar la generación de energías alternativas

Sábado 6 de junio de 2009 | Publicado en edición impresa del diario La Nación de Buenos Aires, Argentina

El mundo se acerca cada vez más a la última frontera de los combustibles fósiles. No habrá petróleo para siempre. ¿Ha llegado el momento, entonces, de acelerar el paso en la producción de la bioenergía, del biogás y de los biocombustibles como alternativa? Algunos países ya lo están haciendo, y la Argentina no debe perder el tren.

Alemania es líder en el desarrollo de tecnologías para las energías renovables, tanto en la sustitución de combustibles fósiles derivados del petróleo como en la reducción en la emisión de gases con efecto invernadero.

En los Estados Unidos, Barack Obama lleva adelante su "agenda verde", que en plena campaña presidencial planteaba la creación de tres millones de puestos de trabajo y el impulso de la agricultura energética.

"En estos días, el gobierno norteamericano incrementó su apuesta llevando a 15.000 millones de dólares los niveles de inversión en laboratorios e investigación, carrera que se asemeja a la de los años 60, que se hizo para llevar al hombre a la luna", dijo el ingeniero Jorge Hilbert, del Instituto de Ingeniería Rural del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

En América del Sur, países como Perú, Chile y Brasil tienen pleno desarrollo estas tecnologías. La semana pasada, en San Pablo, se realizó la segunda cumbre del Etanol para discutir el futuro de este biocombustible.

A fines de este mes China realizará en Pekín un congreso sobre biocombustibles y etanol. "Tanto el gigante asiático como India entendieron muy bien que debían abrir sus fronteras al ingreso de tecnologías verdes. Las aprendieron y ya las ejecutan por sí solos", dijo a LA NACION Tobías Winter, supervisor de Medio Ambiente y Energías Renovables de la Cámara de Industria y Comercio Argentino-Alemana en Buenos Aires.

Tanto Winter como Hilbert participaron del Foro Tecnológico Argentino-Alemán de Bioenergía, realizado el miércoles pasado en Buenos Aires y donde hablaron otros destacados especialistas.

En el país
Desde el año último en la Argentina el INTA lleva adelante el Programa Nacional de Bioenergía. "Los proyectos apuntan a distintas fuentes de biomasa (productos vegetales, residuos agropecuarios y agroindustriales, entre otros) de cuyo aprovechamiento surge la bionergía", definió Hilbert.

¿Y qué se entiende por bioenergía? "Es todo componente de origen biológico factible de ser convertible en lo que nosotros llamamos vector energético que puede ser gaseoso, líquido o sólido y excluimos de esta definición el petróleo, el gas y carbón, que tienen el mimo origen pero que pasaron millones de años para que eso quedara almacenado en las profundidad de las distintas capas del suelo."

Uno de los proyectos trabaja sobre residuos y cultivos con finalidad energética. Otro está orientado a cultivos de desarrollo estratégico como la jatrofa (una planta de la familia del risino, es un arbusto perenne, de zona tropical y subtropical) y un tercero se ocupa de lo que son los biocombustibles de segunda y tercera generación, que tienen que ver con el aprovechamiento de la celulosa.

¿Por qué vale la pena pensar en la bioenergía?, se lo consultó. "Porque es una de las alternativas energéticas de un conjunto donde están incluidas la solar y la eólica", respondió Hilbert, pero advirtió que no es la solución para el reemplazo del petróleo ni mucho menos.

En el caso particular del biodiésel, Hilbert dijo que la capacidad instalada en la Argentina ronda el millón y medio de toneladas de producción en las plantas ubicadas cerca del complejo portuario en Rosario, en donde también se levantan las aceiteras.

Pero agregó que la industria del biodiésel tiene fuertes vaivenes del mercado así que nada es de extrañar que las plantas en determinados períodos se encuentren no operativas cuando sea más rentable exportar directamente el aceite.

Los biodigestores
Como se dijo, esta actividad en el país es incipiente. Y algunos casos valen como ejemplo. Es lo que ocurre con la empresa Bio Metanos del Sur SA. Juan Pablo García Delfino, del departamento comercial, explicó cómo trabajan.

"Hace cinco años comenzamos a buscar una solución ambiental por los malos olores que emitía el criadero con un plantel de 10.000 animales, ubicado a unos cuatro kilómetros del centro de Marcos Paz, localidad ubicada a unos 50 kilómetros de la Capital Federal", señaló el empresario.

"Como acá en la Argentina no encontramos soluciones, el gerente de la empresa, Hugo García, viajó a Brasil y allí se contactó con una empresa japonesa que estaba instalando su primer biodigestor en ese país", agregó García Delfino.

Explicó que con una inversión de 150.000 dólares trajeron los nuevos equipos para el criadero.

El biodigestor es como una gran bolsa hermética de PVC en donde se depositan por un caño (también de PVC termofusionado) el estiércol, la orina de los animales y el agua de la limpieza de los galpones.

"A los 30 días, por un proceso de fermentación surge el biogás que se acumula en la parte superior de la estructura mientras que por vasos comunicantes los líquidos escurren hacia una pileta de contención y se utilizan como fertilizantes", agregó.

El biogás lo utilizan para calentar los granos de soja (se desactiva la proteína que no pueden digerir los animales) de uso propio en la alimentación de sus rodeos y de terceros, lo que le representa el ahorro del gas que compraban (18.000 pesos por mes) e ingresos extras por el servicio a otros criaderos.

Otro ejemplo
Uno de los disertantes del foro, Karl Reinhard Kolmsee, de la empresa Smart Utilities Solutions GmbH, de Alemania, contó el ejemplo de un cliente que tienen en el Perú.

Se trata de un establecimiento avícola, que no sabía qué hacer con la acumulación de guano, "que es muy agresivo para utilizarlo directamente como fertilizante".

Entonces, según Kolmsee, la empresa decidió incorporar biodigestores, con los cuales, tras el proceso de fermentación obtiene el gas que se utiliza para uso propio en los calefactores de los galpones del criadero, y para alimentar los generadores de electricidad, mientras que los líquidos se destinan como fertilizantes.

Por Roberto Seifert
LA NACION

martes, 2 de junio de 2009

Una enfermera que ayuda a salvar las vidas de miles de niños

Historias con nombre y apellido
Una mujer que alivia los infiernos
Pilar Bauzá, la enfermera que no ceja en sus cruzadas humanitarias
Noticias de Información general: anterior | siguiente Lunes 4 de mayo de 2009
Pilar Bauzá Moreno, una enfermera que ayuda a salvar las vidas de miles de niños

Axna tenía cinco meses y pesaba 800 gramos. Permanecía con los ojos cerrados y estaba fría como una muerta. Tenía diarrea crónica, malnutrición y tuberculosis, y Pilar Bauzá Moreno pensó en ese instante que no sobreviviría. La enfermera argentina había llegado a Etiopía hacía muy poco tiempo y llevaba su uniforme de terreno: pantalones verdes con bolsillos amplios, remera blanca, estetoscopio propio, pinzas, tijeras y poco más.

Junto con un grupo de Médicos sin Fronteras habían instalado un hospital de campaña en Oromía, el centro de la hambruna. El sur etíope había caído en epidemia de desnutrición por culpa del cambio climático: una cosecha se había perdido, el stock de comida se había acabado y estaban muriendo cientos de personas en un sitio donde no hay forma de generar alimentos. Las principales víctimas eran chicos menores de cinco años; en esa debilidad total un mero resfrío los mataba. Todos los días llegaban al vivac personas en carros, en burros o directamente a pie. Había 100 ingresos por jornada, y el interior del campamento era un caos: los médicos y las enfermeras no daban abasto, no sabían a quién atender primero, se sucedían gritos y corridas, y se trabajaba 20 horas seguidas y sin descanso.

Pilar venía de Buenos Aires, específicamente de Bella Vista, donde había pasado cuatro meses recuperándose de las secuelas de un secuestro en Somalia que había mantenido al mundo en vilo. Diez hombres armados tomaron por asalto el vehículo en que viajaba un equipo de Médicos sin Fronteras, se apoderaron de sus teléfonos móviles y raptaron a la joven enfermera argentina y a una médica española. Las dos mujeres vivieron una odisea que duró más de una semana, en zona de montañas, amenazadas de muerte, y al final lograron que sus captores las liberaran cerca de Bosasso. A pesar de su bajo perfil, Pilar fue tapa de varias revistas: allí se la veía con sus 25 años, rubia, esbelta, seria y guapa. Una chica porteña promedio que, sin embargo, había decidido embarcarse en peligrosas aventuras humanitarias. Uno veía sus fotos tranquilas y pensaba: "Después del susto de Somalia lo pensará dos veces". Pero no lo pensó ni una. Pilar quería volver a la guerra.

Los medios llegaron, la cubrieron de fama y la olvidaron. Y su familia y amigos conspiraron cariñosamente para que no se fuera. En Buenos Aires, Pilar comenzó a perder peso. Y los chequeos confirmaron que el estrés postraumático le había producido acalasia, una contracción nerviosa del esófago y del estómago: el anillo muscular se cierra y la comida no pasa. Adelgazó muchos kilos, y tuvieron que operarla y someterla a tratamiento para que lentamente se recuperara de esa fragilidad. Puso todo su empeño en estar perfecta de salud: sabía que un miembro del equipo de Médicos sin Fronteras no puede ser jamás una carga adicional para sus compañeros en medio de la batalla. Buscaba contención en la oficina de la avenida Callao, donde los combatientes hablan de cosas que sólo ellos entienden, en una jerga que incluye términos como plu mpy´nut, que es un sobre con alimento hipercalórico para situaciones límite, y el vocablo expats , que alude a su condición de eternos expatriados. Pilar deambula por la ciudad y no puede dejar de pensar que ante el mínimo indicio de apetito uno puede saciarse en un quiosco de una esquina. Pero existen regiones del mundo en donde no hay comida, ni quioscos, ni una maldita cosa con que llenarse la barriga. En las trincheras, Pilar no siente fatiga ni sopor, pero en Buenos Aires se siente cansada. Esa fortaleza mental que le proporciona el hecho de que todavía le falta atender a 300 chicos al borde de la muerte o la inanición se deshace en los interregnos urbanos, donde la gente se queja del calor o el tránsito. Nunca habla de aquel secuestro, porque no quiere borrar las fascinantes cosas que vivió en Somalia: ocho días no borran seis meses de adrenalina y de resultados ni el cariño insustituible de la gente. Una tonelada hipercalórica de amor fraternal. La vocación de servir, como toda pasión, puede hasta resultar un vicio. "Se te ve tan feliz que nos hace sospechar -le dicen irónicamente sus hermanos-. ¿No será que, en realidad, te vas unos meses de vacaciones a las Bahamas y que todo este asunto humanitario es una mentira?"

Antes de cada viaje, sus amigos tienden a su alrededor un sutil pero persistente boicot para que la enfermera no levante vuelo. Quieren retenerla porque temen por su vida. Cuando todo está perdido, cuando apenas faltan 48 horas para embarcar hacia el infierno, los amigos cambian de posición y comienzan a alentarla. La última vez la despidieron en Ezeiza con abrazos, bromas y lágrimas. Pilar sabía que pronto cambiaría esos rostros por las caras del sufrimiento. La esperaban lugares donde se respira el sufrimiento y donde incluso existe una fisonomía del dolor. Sitios donde la gente agradecida intenta demostrar felicidad sin conseguirlo: le sonríen los labios, pero no le sonríen los ojos. Zonas donde una mujer de 30 años parece de 60 y donde cunden guerras tribales y religiosas, acciones guerrilleras, catástrofes naturales, enfermedades olvidadas y cadáveres apilados.

Bauzá llegó a Etiopía cuando todo era celeridad y desesperación, ruedas de antibióticos, entrenamiento veloz para los locales, alimentos urgentes, revisaciones, historias clínicas y pesar. En esas carpas de Oromía donde instalaron la base de operaciones, los médicos, las enfermeras y los técnicos corrían contra el reloj mientras los chicos morían cada hora. No hay tiempo para plegarias. Y tampoco para lamentarse demasiado por la muerte de un niño, porque la vida de otros 100 está pendiente de que sigas adelante. Suponemos que Dios y la gente lo entenderán. Axna era un niñita de 800 gramos que no se movía y que tenía toda la pinta de quedarse en el camino. Su madre, exhausta y malnutrida, no podía amamantarla, y la beba carecía de las fuerzas suficientes como para tomar en cucharita. Pilar lo intentó sin éxito, y entonces le puso a la madre una sonda desde el pezón hasta un vaso de leche y le pidió que le diera de mamar con esa técnica. Acurrucada en los brazos de su madre, estimulada junto al pezón yermo, Axna instintivamente comenzó a chupar el extremo de la cánula. Con muchísima paciencia, durante días, la hija se fue fortaleciendo y la madre, estimulada por esa succión cercana, logró producir su propia leche, que al final le daba casi con normalidad. Axna, cuyo destino era la muerte, se había salvado. Tenía algo especial, inexplicable. Algo que la distinguió durante aquellos días en los que muchas otras Axna de Oromía se apagaban para siempre.

Los compañeros de Pilar armaron un patio con juegos y hamacas para que los chicos que iban despertándose del letargo pudieran jugar, bailar, hacer ejercicio, aprender a caminar y tonificar sus músculos atrofiados. En septiembre comenzó el nuevo tiempo de la cosecha y llegaron el maíz y el trigo, y descendieron las cifras de la muerte.

Fue entonces cuando Pilar Bauzá fue trasladada de urgencia a la India. Se había roto un dique en el límite con Nepal y las aguas habían arrasado kilómetros y kilómetros; casas, hombres y animales. Nunca había habido una inundación de esas proporciones. Tuvieron que poner clínicas móviles y realizar atención primaria. Iban con maletas de emergencia y llevaban kits de supervivencia, mantas, bidones, pastillas de cloro para el agua, plásticos para dormir y plumpy´ nut. Dos meses en botes o canoas, o caminando con el agua y el barro hasta la cintura para salvar a los aislados.

Luego se declaró una epidemia de cólera en Zimbabwe y Pilar viajó con sus compañeros al Apocalipsis: el VIH y el cólera se expandían rápido y destrozaban cualquier defensa. Los médicos huían hacia países más consistentes y los hospitales estaban vacíos. Los infectados dejaban sus casas para no contagiar a sus familias y se quedaban en los alrededores de los hospitales desiertos, esperando algún tipo de milagro. Los equipos de Médicos sin Frontera encontraron una clínica llena de gente, rodeada de cientos de cuerpos. Adentro sólo había dos enfermeras heroicas luchando contra la nada. No sabían quiénes estaban muertos y quiénes permanecían vivos. Los miembros del grupo humanitario se pusieron los guantes y comenzaron el macabro inventario. Llenaron de cadáveres el edificio y colocaron a los pacientes en un hospital de campaña que montaron a las corridas a pocos metros, un "campo de cólera" para aislar la enfermedad.

En la tienda donde se atendía a los niños, Pilar conoció a Cintia, una pequeña de dos años y ocho meses azotada por las siete plagas. Al revés de Axna, cuando ingresó en el campamento no estaba tan mal, aunque Cintia padecía cólera y sida, mostraba la piel lastimada y una grave infección en los ojos. Su madre, sin embargo, se desvivía por ella, y hubo un momento en el que pareció que saldría adelante. De hecho, se curó del cólera, pero el HIV era impiadoso con su organismo debilitado. Pilar se dio cuenta de que no había nada que hacer, pero aún así hizo lo imposible para que pudiera morir en su casa, con calor y dignidad. Cintia, sostenida por su madre, estaba en un rincón, y la enfermera iba y venía para apuntalarla mientras seguía su maratón de curaciones. A los tres días, Cintia murió. Y la madre sólo decía "gracias, gracias", una y otra vez. Hay cierto alivio en el desenlace cuando la agonía es larga y penosa. Y Pilar no podía darse el lujo de quebrarse aquel día. Había otros 150 pacientes en situación de riesgo. No había tiempo ni para condolerse: la muerte no espera ni entiende. No sabe de lisonjas ni agradecimientos.

Se movilizaron más tarde hacia el condado rural de Gokwe, en plena época de lluvias, cuando los ríos colapsaban y había que cruzar montañas con porteadores o a lomo de burro para encontrarse con pequeños puestos de salud vacíos, adonde iban a morir los pobladores. Muchas veces los propios rescatistas se quedaban atrapados a uno u otro lado de un río. Cuando trataron de alcanzar una clínica remota, algunos funcionarios locales intentaron disuadirlos: era camino de montaña y no se podía llegar. Llegaron después de caminar horas y horas, bajo la lluvia, como si fueran la caballería, cuando ya los 60 pacientes que se habían refugiado en un puesto se daban por muertos y la única enfermera que había en esos parajes perdidos sólo atinaba a repartirles agua y a tomarlos de las manos. La cara de sorpresa y alivio de aquella última enfermera de Zimbabwe al ver llegar a sus salvadores con sus medicinas no tenía precio.

El siguiente destino fue Nigeria, donde se había declarado una epidemia de meningitis. Cada diez años, inevitablemente, los malos vientos traen esa maldición. Pilar tenía cuatro equipos a cargo y estuvo sin pegar un ojo días y días vacunando a toda velocidad a hombres, mujeres y niños. Vacunaron a 600.000 personas en dos semanas. Y hace ocho días regresó a Buenos Aires. La veo serena y recompuesta, sentada al otro lado de la mesa, tomando sorbitos de agua mineral. No hay rasgos de pena en su cara joven. Tampoco de jactancia. Estamos en Callao y Viamonte, lejísimos de la malaria y de los cadáveres. Pero su cabeza está puesta en Etiopía. Quiere volver, porque la epidemia ha regresado al Sur, y sabe que de un momento a otro la movilizarán. Está hablando conmigo no para ser eternizada como lo que es, una especie de santa laica, sino para tratar de que las sociedades tomen conciencia de la importancia de la ayuda humanitaria. En esos sitios infernales conoció pueblos aguerridos y con avidez por conocer y superarse, como en Somalia, donde la secuestraron y estuvieron a punto de matarla de un balazo. Pero también donde los musulmanes ortodoxos dejaban los prejuicios para estrecharle la mano y donde las muchedumbres le demostraban amor puro. Ese amor colectivo e incontaminado, en la tierra de las epidemias y las contaminaciones, suple por ahora el amor de uno solo. Pilar no tiene tiempo para enamorarse, ni para detenerse en una tragedia única, ni para consolar a sus padres o a sus amigas, que la quieren retener otra vez para protegerla de todo mal. La ilusión de Axna y el fantasma de Cintia la esperan en el lado oscuro de la Tierra. Salgo a la calle con mi libreta negra llena de anotaciones y respiro el aire del Centro. No hay mucho tránsito ni hace demasiado calor. Unos chicos con uniforme escolar caminan de la mano de una mujer: van los tres riendo y hablando de una película de Disney. Se detienen en un quiosco y compran Sugus confitados. El sol brilla como nunca. Es un día maravilloso.

martes, 28 de abril de 2009

Lucha contra la droga y sus orígenes

La droga en las Villas: despenalizada de hecho

Miles de mujeres y de hombres hacen filas para viajar y trabajar honradamente, para llevar el pan de cada día a la mesa, para ahorrar e ir de a poco comprando ladrillos y así mejorar la casa. Se va dando así esa dinámica linda que va transformando las Villas en barrios obreros. Miles y miles de niños con sus guardapolvos desfilan por pasillos y calles en ida y vuelta de casa a la escuela, y de esta a casa. Mientras tanto los abuelos, quienes atesoran la sabiduría popular, se reúnen a la sombra de un árbol o de un techo de chapa a compartir un mate o un tereré y a contar anécdotas. Y al caer la tarde muchos de todas las edades se reúnen a rezar las novenas y preparar las fiestas en torno a las ermitas levantadas por la fe de los vecinos.
La contracara, el lado oscuro de nuestros barrios, es la droga instalada desde hace años, quizás con más fuerza desde el 2001. Entre nosotros la droga está despenalizada de hecho. Se la puede tener, llevar, consumir sin ser prácticamente molestado. Habitualmente ni la fuerza pública, ni ningún organismo que represente al Estado se mete en la vida de estos chicos que tienen veneno en sus manos.
Ante la confusión que se genera en la opinión pública con la prensa amarilla que responsabiliza a la Villa del problema de la droga y la delincuencia, decimos claramente: el problema no es la Villa sino el narcotráfico. La mayoría de los que se enriquecen con el narcotráfico no viven en las Villas, en estos barrios donde se corta la luz, donde una ambulancia tarda en entrar, donde es común ver cloacas rebalsadas. Otra cosa distinta es que el espacio de la Villa –como zona liberada- resulte funcional a esta situación.
La vida para los jóvenes de nuestros barrios se fue tornando cada vez más difícil hasta convertirse en las primeras víctimas de esta despenalización de hecho. Miles arruinados en su mente y en su espíritu se convencieron que no hay posibilidades para ellos en la sociedad.
Por otra parte profundamente ligado al tema de la droga se da el fenómeno de la delincuencia, de las peleas, y los hechos de muerte violenta (“estaba dado vuelta”). Esto nos hace tomar conciencia de otro gran tráfico que hay en nuestra sociedad que es el tráfico de armas, y que visualizamos como fuera de control. Cuando vemos muertes causadas por menores adictos, también nos preguntamos ¿quién es el que pone el arma en manos de los menores? De este espiral de locura y violencia las primeras víctimas son los mismos vecinos de la Villa.
La destrucción pasó como un ciclón por las familias, donde la mamá perdió hasta la plancha porque su hijo la vendió para comprar droga. Estas familias deambularon por distintas oficinas del Estado sin encontrar demasiadas soluciones año a año. Toda la familia queda golpeada porque su hijo está todo el día en la calle consumiendo. Asombra ver como ese niño que fue al catecismo, que jugaba muy bien en el fútbol dominguero, hoy “está perdido”. Causa un profundo dolor ver que esa niña que iba a la escuela hoy se prostituye para fumar “paco”.
La despenalización de hecho generó inseguridad social. La raíz de la inseguridad social hay que buscarla en la insolidaridad social.[1] A poco que nos pongamos a la luz de Palabra de Dios, descubrimos que como sociedad no nos hemos movilizado suficientemente ante el hecho dramático del hambre de los niños, que da lugar a adolescentes débiles física y mentalmente. Con madres y padres angustiados sin trabajo o changas mal remuneradas. A los que les resulta más difícil entusiasmar a sus hijos con actividades en clubes y cursos o cualquier otra forma positiva de ocupar el tiempo, ya que no cuentan con el apoyo y el dinero necesario. Se generan así situaciones infrahumanas aprovechadas a su vez, por los gananciosos distribuidores de droga.
Como sacerdotes y vecinos de estas barriadas humildes, sentimos la llamada evangélica de acompañar a aquellos niños, adolescentes y jóvenes que en gran cantidad se encuentran en este infierno de la droga y a la vez de exhortar a la conversión a los que pisotean la dignidad de los mismos de esta inescrupulosa manera, avisándoles que Dios y la Virgen les van a pedir cuentas.
Ahora escuchamos hablar de despenalizar en el derecho el consumo de sustancias. Nos preguntamos: ¿ministros y jueces conocen la situación en nuestros barrios? ¿Han dialogado con el hombre común de la Villa? ¿Se han sentado a elaborar con ellos proyectos liberadores –la droga esclaviza- o simplemente se piensa en implementar recetas de otras latitudes?[2]
¿Cómo decodifican nuestros adolescentes y jóvenes el mensaje: se puede consumir libremente, por ejemplo cocaína?

Algunas propuestas

Cuando un cura se acerca y saluda a los chicos y chicas que están en los pasillos de consumo, en esos lugares de tristeza y desesperación, recibe generalmente preguntas y pedidos de este tipo: “¿Dios a mí me ama?” “¿Me voy para arriba o para abajo?” “Padre me da la bendición de Dios”. “¿No me ayuda a salir de este lugar?, no aguanto más esta vida”…
Apoyándonos en el Evangelio de Jesús nosotros creemos que cada persona es sagrada, cada una tiene una dignidad infinita, ninguna vida está de sobra.
Por eso nos resistimos a mirar esta realidad social desde los papeles de las estadísticas, desde los fríos números. Desde esta perspectiva un adolescente que comienza hoy a consumir paco, es sólo uno más. ¿Qué importancia tiene esto si no afecta a los números y estadísticas que aletargan nuestra conciencia y nuestro compromiso? Tal vez esta mirada se inquieta si los números crecen demasiado, nada más.
Nosotros queremos intentar mirar la realidad desde el corazón de Dios. Es que Dios no quiere que ninguno de sus hijitos se pierda, para todos quiere una vida plena.
Por eso sin ser expertos en la materia, aunque con cercanía diaria con esta realidad, acercamos algunas propuestas-intuiciones en base a las cuales estamos trabajando. De hecho en varias Villas venimos transitando distintos caminos de prevención, recuperación y reinserción; de acuerdo con cada realidad y con las posibilidades que contamos.

Prevención

No hay que ser ingenuos, la tríada hambre-criminalidad-droga es demasiado fuerte. Frente a esta dramática situación tenemos que tomar conciencia de que hay que realizar un trabajo de prevención sistemático y a largo plazo.
Nos parece que se trata principalmente de crear ámbitos de contención y escucha de nuestros niños, adolescentes y jóvenes -en este sentido no es menor todo lo que se haga para fortalecer a sus familias-. Ámbitos de recreación y de construcción de un proyecto real para su vida. La verdad es que se logra poco con el no a la droga sin un fuerte sí a la vida.
Muy unido al tema del consumo de droga, tal vez como una de sus grandes causales esta la falta de sentido, de un horizonte hacia el cual caminar. El aburrimiento, el tedio, el no tener que hacer, van minando la pasión por la vida y donde no hay pasión por ella, aparece la adicción. El gran trabajo de prevención nos parece que tiene que tener como eje el mostrar que la vida tiene sentido. Por eso nos parece que las adicciones son principalmente enfermedades espirituales, sin negar obviamente su dimensión biológica y psicológica.[3] Una persona espiritualmente saludable está convencida de que la vida merece vivirse, le encuentra sentido a lo que hace, tiene la “alegría de vivir”.
Nuestro país tiene una enorme deuda social. “La deuda social es también una deuda existencial de crisis de sentido de la vida: se puede pensar legítimamente que la suerte de la humanidad está en manos de quienes sepan dar razones para vivir”[4].
El sentido de la vida se adquiere por “contagio”, los valores se descubren encarnados en personas concretas, por eso, la importancia fundamental de generar en nuestros barrios líderes positivos que puedan trasmitir valores vividos por la fuerza de su testimonio.
Tenemos por otro lado que aprovechar los ámbitos que existen y que son naturalmente lugares de prevención, como por ejemplo la escuela. “La escuela es el principal mecanismo de inclusión. Quienes se van de la escuela pierden toda esperanza ya que la escuela es el lugar donde los chicos pueden elaborar un proyecto de vida y empezar a formar su identidad. En la actualidad, la deserción escolar no suele dar lugar al ingreso a un trabajo sino que lleva al joven al terreno de la exclusión social: la deserción escolar parece significar el reclutamiento, especialmente de los adolescentes, a un mundo en el que aumenta su vulnerabilidad en relación a la violencia urbana, al abuso y a la adicción a las drogas o al alcohol. Si bien la escuela puede no lograr evitar estos problemas, la misma parece constituir la última frontera en que el Estado, las familias y los adultos se hacen cargo de los jóvenes, en el que funcionan, a veces a duras penas, valores y normas vinculados a la humanidad y la ciudadanía y en el que el futuro todavía no ha muerto.” [5]
Por eso no hay que quedarse en el mero demandar cosas a la escuela en general y a los docentes en particular, sino que hay que apoyar decididamente su fundamental labor. La educación es un camino real de promoción por eso son necesarias más escuelas y mayor presupuesto para educación en los barrios más pobres de la ciudad.
Nos parece conveniente proponer la posibilidad de que se dicte una materia específica de prevención de adicciones ya desde la primaria, tal vez desde el preescolar. No nos referimos a esa prevención que explica el tipo de drogas, o como se consumen etc. Nos parece más conveniente un tipo de prevención que transmita a los chicos que tenemos vida y esta vida es sagrada y por eso tenemos que aprender a cuidarla. Hay material elaborado a partir de experiencias en zonas de alta vulnerabilidad social que se puede utilizar.[6] Si fuera necesario, la delicadeza del tema amerita un proyecto de ley en la legislatura que al aprobarse posibilite el dictado de la misma.
El abordar la tarea de la prevención de las adicciones requiere un trabajo hecho con esperanza, con la confianza audaz de que es posible crear ámbitos sanos y dichosos que ayuden a curar las heridas. “A quienes dicen ‘trastornos precoces efectos durables’ se les puede responder que los trastornos precoces provocan efectos precoces que pueden durar si el entorno social y familiar los convierte en relatos permanentes.” [7]
Mirar con esperanza esta difícil situación que vivimos en nuestros barrios nos aleja de una mirada fatalista. Por otro lado nuestra fe católica nunca dijo que algunos están predestinados a vivir bien y otros a la miseria. Nuestra fe lee esta situación como una situación de pecado que clama al cielo y que llamamos pecado social. Esta situación de injusticia se contrapone al proyecto de amor del Buen Dios. Con humildad pidamos perdón al Señor por nuestra complicidad manifestada de tantas maneras y pidámosle la gracia de poner todo lo que esté de nuestra parte para transformar esta dolorosa realidad.

Recuperación

Cuando las estadísticas nos dicen que son demasiados niños, jóvenes y adultos que fuman pasta base, tengamos por seguro que llegamos tarde. La pregunta es: ¿queremos seguir llegando tarde? Son personas, seres humanos que mueren o quedan con una vida hipotecada. Por ellos hay que hacer algo ya. Aunque sólo salvemos a uno.

Pedagogía de la presencia[8]

El primer paso es acercarse a los chicos, no esperar a que estos golpeen las puertas de nuestras instituciones. Este primer paso es a la vez una afirmación de la dignidad de estas chicas, de estos chicos, del valor sagrado de sus personas; no son vidas que ‘estan de sobra’, que molestan, o que afean nuestros barrios. Este primer paso es acercar el corazón. Corazón que se acerca es corazón que ve y se deja tocar por este doloroso grito y por eso se pone a su escucha. El hábito de la escucha no es algo común en nuestros días y es esencial para un verdadero encuentro. Si escucháramos más, seguramente el nivel de violencia que vivimos bajaría notablemente
Ponerse a la escucha no es buscar que rápidamente acaten las pautas sociales. A veces queremos que rápidamente cumplan normas, que respeten derechos para entrar en sociedad, cuando como sociedad no les hemos respetado sus derechos más elementales.
Acercarse, caminar los barrios, escuchar, encontrarse es el primer paso imprescindible.

Adaptar nuestros programas e instituciones a la realidad y no la realidad a ellos.

La burocracia expulsa, pone trabas (excesivas entrevistas y requisitos), en definitiva pone en riesgo la vida de muchas personas. Además muchas veces la realidad de los procesos de recuperación está marcada por los números-dinero (becas por un año, ese sería el tiempo de recuperación), dejando a un segundo plano los procesos personales.
Por consiguiente teniendo en cuenta el proceso de cada persona hay que discernir que camino de recuperación proponerle: atención ambulatoria en un centro de día; internación en una comunidad terapéutica, etc.
Por otro lado es necesario adaptarse a la realidad de los más pobres. Por ejemplo se da el caso de mamás que consumen y no tiene con quién dejar a sus hijos; hay que plantearse entonces la posibilidad de que ingresen juntos en un mismo lugar.
Hay que poner el centro de nuestro esfuerzo en adaptar nuestros programas e instituciones a la realidad y no la realidad a ellos; creando ámbitos que rompan las cadenas invisibles que esclavizan a nuestros adolescentes y jóvenes.
Hoy vivimos la cultura de la imagen. De muchas maneras se busca tener cautiva nuestra mirada. Si esto se logra en gran parte se adueñan de nuestra vida.
A veces se busca transmitir la idea de que: ‘estamos trabajando fuertemente en la lucha contra la droga’. Es así que por ejemplo se abre un solo centro de recuperación para toda una ciudad y se empapela la misma para dar una buena imagen. Si se da imagen de algo que no es, que en realidad se está haciendo insuficientemente, no solo se corre el riesgo del autoengaño, sino que quedan vidas en el camino.
En relación a esto último hay una responsabilidad grande de los publicistas y de los medios de comunicación en general, valga como ejemplo este verano: Por un lado la propaganda de una bebida alcohólica en la playa que al parecer era sinónimo de plenitud y alegría, por otro lado la realidad de la violencia como consecuencia del exceso de alcohol en muchos jóvenes en la costa.
Tal vez esto sea una llamada de atención para que veamos que como sociedad estamos dejando muy solos a nuestros adolescentes y jóvenes. No les enseñamos que hacer frente al aburrimiento, la tristeza, la bronca o la soledad, etc. No les mostramos que no hay que encontrar “algo” para combatirlas sino encontrar a “alguien” con quien compartir y hablar de lo que les pasa. Hablar y compartir con “alguien” que los puede ayudar es lo contrario a la adicción.
El mundo adulto no puede ausentarse, no puede desproteger a los niños/as y adolescentes. La justicia debe proteger a esos chicos que tienen su libertad muy condicionada; prueba de ello es que dinero que consiguen va a parar a aquellos que no les importa nada de sus vidas y les ponen veneno en sus manos. La justicia tiene que tenderle la mano a esas mamás que desesperadas no saben como ayudar a sus hijos.

Pensar en el después del camino de recuperación.

No alcanza con el pago de una beca de tratamiento. Hay jóvenes que no pueden volver a sus barrios -cerca de su casa se compra y se consume libremente droga- se da una suerte de factor cuasi-biológico que favorece la recaída en el consumo. La no conveniencia de la vuelta al barrio es señalada reiteradamente por muchas familias que los aman y acompañan. Tenemos que ir tejiendo con ellos una propuesta de real reinserción social. Desde el elemental derecho a la identidad o sea que accedan a sacar su documento hasta una salida laboral y un lugar para vivir con dignidad.
Sabemos también que muchos jóvenes que hoy están privados de su libertad han cometido delitos a causa del consumo de droga. En ese caso hay que replicar las experiencias que tratan su adicción; utilizándose así positivamente el tiempo en prisión para que al salir puedan reinsertarse en la sociedad. De alguna manera este también es un trabajo de prevención.

Por último ponemos bajo la protección y el cuidado de la Virgen de Luján, Madre de nuestro Pueblo, a las familias que en nuestros barrios sufren el flagelo de la droga.


- José María Di Paola, Carlos Olivero, Facundo Berretta y Juan Isasmendi de la Villa 21-24 y N.H.T. Zabaleta.
- Guillermo Torre y Martín Carrozza de la Villa 31.
- Gustavo Carrara, Adolfo Benassi y Joaquín Giangreco de la Villa 1-11-14.
- Jorge Tome y Franco Punturo de la Villa 20.
- Sebastián Sury y José Nicolás Zámolo de la Villa 15.
- Pedro Baya Casal y Martín De Chiara de la Villa 3 y del Barrio Ramón Carrillo.
- Nibaldo Valentín Leal de la Villa 6.
- Sergio Serrese de la Villa 19.
- Enrique Evangelista de la Villa 26.
- Jorge Torres Carbonell de la Villa Rodrigo Bueno.

Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 25 de Marzo de 2009.


________________________________________
[1] Cf. Mons. Miguel Esteban Hesayne. Jesús, el Reino y la inseguridad. Homilía del 32º domingo durante el año (9/11/ 2008)

[2] Mons. Jorge Lozano: “Hemos escuchado con preocupación a algunos funcionarios manifestándose abiertamente por la despenalización del consumo de drogas. Se argumenta que no se quiere criminalizar al adicto, ponerlo en el mismo nivel de delito que al narcotraficante. Excelente intención. Pero ¿se logra el propósito andando ese camino? ¿La legislación actual penaliza al consumidor? No. La ley 23.737 establece que cuando la tenencia es para uso personal y hay una "dependencia física o psíquica" de la sustancia, el juez puede imponer una "medida de seguridad curativa, consistente en un tratamiento de desintoxicación y rehabilitación por el tiempo necesario", por lo que deja en suspenso la pena que le pudiera corresponder.
Considera al consumidor como una persona enferma (no un delincuente) y manda a proveerlo de un tratamiento de desintoxicación y rehabilitación. La despenalización del adicto ya está en vigencia.” Artículo periodístico publicado en el Diario La Nación sobre la posible despenalización del consumo de drogas para consumo personal. (29/12/ 2008)

[3] Nos parece muy iluminador el trabajo de López Rosende Juan Manuel. Huérfanos de amor. Trastornos psicológicos y espirituales. Editorial Dunken. Buenos Aires, 2008.

[4] CEA. Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad. (2010-2016) Nº 25

[5] Card. Jorge Mario Bergoglio S. J. Carta pastoral sobre la niñez y adolescencia en riesgo. (1/10/05 )


[6] Por ejemplo: Aldo Tamai- Claudia Betancour. Promoción de la Salud para niños en edad escolar. Estrategias para la prevención de adicciones y otras situaciones de riesgo en edad escolar. Editorial Guadalupe. Buenos Aires, 2007.

[7] Cyrulnik Boris. La maravilla del dolor. El sentido de la resiliencia. Granica. Buenos Aires, 2001. Pag. 92. Del mismo autor se puede leer obras como: “El amor que nos cura.”; “Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida.”

[8] Gomes Da Costa Antonio Carlos. Pedagogía de la presencia. Losada - UNICEF Argentina. Buenos Aires, 1995.

domingo, 26 de abril de 2009

La trama solidaria

El Comercio Justo está echando raíces en la Argentina. Aquí, dos experiencias ligadas con el rubro textil de un movimiento con presencia en el mundo, que apunta a que la elaboración de un producto conlleve desarrollo social y respeto por la tierra
Domingo 26 de abril de 2009. Diario La Nación de Buenos Aires

Doña Berna es la tejedora estrella de la Fundación Adobe, que recuperó técnicas ya extintas del monte santiagueño
"Comercio, sí; ayuda, no": la consigna se comenzó a escuchar en la opulenta Europa de los años 60. La esgrimían sectores estudiantiles preocupados ante la brecha que veían abrirse entre la pujanza primermundista y la pobreza de los países periféricos. Estos grupos denunciaban las condiciones desfavorables que imponían los países industrializados al momento de comerciar con las naciones pobres, en general proveedoras de materia prima. Pero también cuestionaban las prácticas asistencialistas que, implementadas también desde el mundo desarrollado, brindaban ayuda a sectores empobrecidos del Tercer Mundo sin aportarles recursos para salir del estado de carencia. Frente a unos vínculos internacionales que sólo parecían ofrecer inequidad o caridad, ellos propusieron el Comercio Justo, una alternativa que hoy, en plena crisis económica mundial, merecería mirarse con mayor atención.

"Es una tecnología social muy nueva, que aún está en construcción -confirma Paola Berdichevsky, integrante de Avina, fundación dedicada a la promoción de la economía social y solidaria en América latina-. Nace, sin duda, desde una lógica primermundista. El lema Trade no aid significó cambiar la lógica de la caridad por el reconocimiento de la dignidad de productores a "los pobres del tercer mundo". Comienza desde una transacción comercial en condiciones de respeto por las y los productores, pero es también una herramienta para generar conciencia y abrir debates".

¿En qué se basa esta modalidad comercial? En lanzar al mercado productos de suma calidad que, además, garanticen (con los debidos sellos y supervisiones internacionales) que en su elaboración se siguieron criterios ecológicos, se generó desarrollo social y se respetaron las condiciones laborales de los productores. El Comercio Justo está íntimamente ligado con la noción de "consumo responsable". Esto es, la existencia de personas dispuestas a pagar un poco más por productos elaborados en óptimas condiciones humanas y naturales. Los alimentos orgánicos y las artesanías suelen ser los bienes de intercambio más habituales. En Europa (especialmente Italia) y los Estados Unidos se cuentan por miles las tiendas dedicadas exclusivamente a su comercialización.

El Banco Mundial reconoció al Comercio Justo por su aporte a un mejor uso de los recursos naturales, el descenso de riesgos de salud por la utilización de menos sustancias químicas y el mayor empleo de mano de obra en el agro. Según la Federación Internacional de Comercio Justo (IFAT, International Federation of Alternative Trade), en 2007 las ventas correspondientes a trece países de América latina ascendieron a US$ 47.180.708. Ese mismo año, las ventas globales de alimentos certificados por FLO (Fairtrade Labelling Organization: organización otorgante del sello de calidad del Comercio Justo) aumentaron un 47% respecto de 2006.

Ni estos datos ni los conceptos en danza son demasiados conocidos en la Argentina. Sin embargo, existen a lo largo de todo el país emprendimientos vinculados con un movimiento que aspira a crecer a escala continental. A continuación, dos casos que dan cuenta de eso.

Memorias del monte
Todo empezó con una escuela de telar. En 2001 la Asociación Adobe se propuso recuperar antiguas y casi extintas técnicas textiles nacidas en el monte santiagueño. "El objetivo era que se volviera a tejer -explica Sofía Folatelli, trabajadora social que desde hace cuatro años trabaja en el proyecto-. Generar trabajo con una riqueza que las mujeres que viven en este lugar ya tenían". Que tenían, pero habían olvidado.

Cuenta la gente de Adobe que, tras siglos de olvido y menosprecio, los saberes ligados con el tejido y el hilado no sólo estaban relegados, sino que también eran enérgicamente rechazados por las hijas y nietas de las pocas mujeres que aún se decían "tejedoras". Ocurría lo mismo con el que hoy es uno de los ejes más interesantes del emprendimiento: los tintes naturales. "No querían usarlos -recuerda Claudia Mazzola, artista textil e integrante de Adobe-. Decían que las tinturas químicas eran más rápidas, de colores más fuertes. No querían ni siquiera recordar." Hasta que un día algo se destrabó y una de las alumnas de telar contó cómo su abuela teñía las telas con productos obtenidos en el monte. De a poco los recuerdos fueron surgiendo y las capacitadoras llegadas de la capital asistieron, maravilladas, a la recuperación de colores y tonalidades únicas. "Entre todo apareció la cochinilla; o grana, como la llaman ellos -continúa Mazzola-. Es un parásito que se cría en los cactus y da unos rojos, rosados y naranjas muy utilizados en el tejido santiagueño antiguo." Con la recuperación de este tintóreo surgió un proyecto paralelo al de las tejedoras: la organización de pequeños productores dedicados a la cría de cochinilla en palmas de tuna.

"La misión de Adobe es generar mayores oportunidades de vida en el campo. Por ello sumamos a la escuela de telar el proyecto de los pequeños productores, emprendimientos educativos, huertas, viveros y una reserva forestal (un predio cerrado de 18 hectáreas) que permitió la recuperación de especies vegetales y animales", enumera Folatelli.

Una reparación de la memoria y la autoestima colectiva que entre sus grandes protagonistas la tiene a doña Berna. Tejedora estrella de la escuela, a sus casi 80 años se convirtió en maestra y guía de las tejedoras más jóvenes. "Doña Claudia, a ese color lo han dejado solito", le dijo a Mazzola una vez, mientras señalaba una alfombra en la que, efectivamente, algo andaba mal. Porque para ella los colores se acompañan, están alegres o sufren en soledad.

Mientras la escuela se fortalecía, surgió la necesidad de organizar a las tejedoras. "Huarmi Sachamanta" se llamaron a sí mismas y se impusieron ritmos de trabajo y estándares de calidad con capacidad de competir en el mercado internacional. Un desafío nada fácil en una zona donde la sequía aprieta, la tierra se encrespa con el viento y en verano la temperatura puede llegar a los 50 grados. En esas condiciones, las Huarmi están produciendo piezas prolijamente tejidas, limpias, con los colores correctamente enjuagados. Muchas de esas alfombras y mantas se venden desde hace unos tres años en el exigente mercado de diseño de Milán. Otras se vendieron (y venden) en Santiago del Estero, en el puesto que las Huarmi poseen en la ruta 92. Y este año, con la apertura de la galería textil Spazio Sumampa en Buenos Aires, los espléndidos trabajos de las teleras santiagueñas tienen un espacio de comercialización en medio del vértigo porteño.

"El proyecto Sachamanta se focalizó en la producción y la venta de tejidos -asegura Folatelli-. Si capacitás durante tanto tiempo, en algún momento tenés que ayudar a generar medios para que los productos se comercialicen." En 2007 Sofía participó en una capacitación sobre Comercio Justo organizada por la Agencia Española de Cooperación Internacional en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Descubrió que lo que estaban haciendo en Santiago estaba muy emparentado con esa propuesta y, a su regreso, se propuso afinar aún más el emprendimiento. Por ejemplo, en lo referido a la composición del precio. "Fue un trabajo bastante difícil porque uno de los componentes del precio es el valor del tiempo de trabajo invertido -cuenta-. Pero ellas no tienen un horario fijo; el tejido (y el hilado aún más) está muy integrado a su vida cotidiana."

Con todo, las Huarmi tomaron como referencia el valor de los jornales de su región, hicieron números, contabilizaron materias primas y consideraron el trabajo de las hilanderas tanto como el de las tejedoras. Hoy pueden explicar la composición de sus precios a cualquier cliente. Aunque sus productos no cuentan con los sellos de las organizaciones internacionales, los criterios de producción, comercialización, respeto por el medioambiente y recuperación social los identifican con el Comercio Justo. "Porque adquirir una alfombra no es sólo eso. Es conocer lo que hay detrás: una historia, una persona, cantidad de procesos -comenta Folatelli-. Eso destaca el Comercio Justo, identificar a las personas que están detrás de cada producto, que no sea algo sin pertenencia. Con la salida del local en Buenos Aires estamos integrando los aprendizajes del último tiempo. El desafío ahora es darle continuidad y lograr que el proyecto pueda empezar a ser autosustentable."

Textiles responsables
Las remeras son de un diseño impecable, textura delicada y poseen estampas con motivos de aves y plantas. Integran la línea Levi?s Eco, una de las últimas apuestas de la marca de jeans, que concentra en este producto excelencia, criterios de producción respetuosos del medio ambiente y principios de consumo responsable. En suma, una iniciativa acorde con los parámetros del Comercio Justo.

"Me interesa mucho que un proyecto sea generador de trabajo, que permita cambiarle la realidad a la gente -se entusiasma Gabriela Soria, asesora de la Fundación Levi Strauss que, tras veinte años de trabajo en el mundo del marketing corporativo y la moda, encontró en este ámbito una síntesis entre desarrollo económico y conciencia social-. Creo que es una plataforma increíble para vender un producto maravilloso, pero que no es masivo: está destinado al nicho de quienes entienden de qué se trata esto."

Por su parte, Harold Picchi, presidente de la ONG Otro Mercado al Sur y uno de los grandes impulsores del emprendimiento que culminó en las remeras Levi´s Eco, asegura: "El Comercio Justo no está peleado con el mercado. El objetivo es desarrollar emprendimientos productivos en los que el factor humano sea sustancial".

Picchi conoció este modelo económico en 2002, durante una estada en Italia. Le pareció que la iniciativa debía traerse a la Argentina, especialmente en aquel crítico momento. En 2004 se creó la asociación civil sin fines de lucro Otro Mercado al Sur, inscripta dentro de los principios de la IFAT. Tras algunas experiencias con comunidades aborígenes y cooperativas productoras de miel en Santiago del Estero, Picchi supo que en Pigüé existía una cooperativa que trabaja en la industria textil y conoció a algunos pequeños productores de algodón (también agrupados en cooperativas) en Chaco. Fue entonces cuando decidió vincular el trabajo de la Cooperativa Agroecológica de Chaco con la planta industrial Textiles Pigüé. El objetivo era formar una cadena completa de producción (recolección, hilandería, tejeduría, tintorería, confección), algo bastante inusual en el ámbito del comercio justo. "En general, el fair trade se maneja con productos alimenticios y artesanías -explica-. Este es uno de los pocos casos que trabaja con toda la cadena productiva."

El desafío fue enorme. Entre 2004 y 2006, todos los implicados asumieron un esforzado proceso de prueba, error, aprendizaje, capacitación. Desde salvar las distancias geográficas y culturales entre los participantes de la cadena (productores rurales, operarios, técnicos, ingenieros agrónomos e industriales) hasta dejar de lado los criterios artesanales, asumir el rigor de la producción en serie y ponerse a tono con las exigencias del mercado internacional. El proyecto se presentó a Ctm Altromercato, una importadora italiana de Comercio Justo que, tras monitorear el emprendimiento, lo aprobó y financió. Así se realizó la primera producción de remeras. Luego vino el convenio con Levi´s Argentina, que redundaría en la segunda campaña. Asimismo, ya se solicitó la certificación del algodón orgánico a FLO, de modo que la cadena estaría en breve avalada por una entidad internacional.

En su primera campaña, la Cadena Textil Justa y Solidaria -así la llamaron- logró exportar 7000 prendas a los establecimientos de Comercio Justo europeos. Los productos argentinos cumplían con cada uno de los requerimientos para ingresar en esas cadenas: el algodón, cosechado sin fertilizantes ni pesticidas, había sido teñido con tinturas de bajo impacto ambiental; los implicados eran cooperativistas y productores indígenas; el precio del algodón correspondía a las condiciones impuestas por FLO. Exactamente las mismas pautas que rigen a la campaña realizada tras el convenio con Levi´s. "Si una marca así nos elige es que confía en la cooperativa -asegura Norma, una de las operarias que trabaja en el taller de confección de Textiles Pigüé-. Y eso nos hace sentir orgullosos". Junto con sus compañeras de taller, cursó un programa de capacitación financiado por la Fundación Levi Strauss. Otros integrantes de la cooperativa realizaron cursos en INTI e incluso viajaron a Italia para instruirse sobre los lineamientos del Comercio Justo y acordar transferencia de tecnología.

"Todavía nos falta" y "hay mucho por aprender" son dos de las frases más escuchadas en la planta de Pigüé. Marcos Santicchia, ingeniero industrial que trabaja en la cooperativa hace dos años y medio, comenta: "Me quedé por el desafío de mostrar que un proyecto con responsabilidad social es viable".

De momento, la constitución de la Cadena Textil Justa y Solidaria le valió a Otro Mercado al Sur el Premio a la Responsabilidad Social Empresaria 2007 otorgado por la Fundación ProTejer. Un reconocimiento a un proyecto que tiene poco de declamación y mucho de trabajo a conciencia: "No me parece que un producto deba ser un panfleto -reflexiona Picchi-. Sólo debe ser honesto y en él debe poder leerse la historia de quienes lo hicieron. Quien lo adquiera sabrá que es orgánico y que todos los que participaron en su elaboración trabajaron en forma digna. Hay transparencia; se puede decir claramente por qué cuesta lo que cuesta".

Por Diana Fernández Irusta
dfernandez@lanacion.com.ar


Para saber más: www.levi.com.ar
www.otromercado.org.ar
www.spaziosumampa.com.ar