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domingo, 26 de abril de 2009

La trama solidaria

El Comercio Justo está echando raíces en la Argentina. Aquí, dos experiencias ligadas con el rubro textil de un movimiento con presencia en el mundo, que apunta a que la elaboración de un producto conlleve desarrollo social y respeto por la tierra
Domingo 26 de abril de 2009. Diario La Nación de Buenos Aires

Doña Berna es la tejedora estrella de la Fundación Adobe, que recuperó técnicas ya extintas del monte santiagueño
"Comercio, sí; ayuda, no": la consigna se comenzó a escuchar en la opulenta Europa de los años 60. La esgrimían sectores estudiantiles preocupados ante la brecha que veían abrirse entre la pujanza primermundista y la pobreza de los países periféricos. Estos grupos denunciaban las condiciones desfavorables que imponían los países industrializados al momento de comerciar con las naciones pobres, en general proveedoras de materia prima. Pero también cuestionaban las prácticas asistencialistas que, implementadas también desde el mundo desarrollado, brindaban ayuda a sectores empobrecidos del Tercer Mundo sin aportarles recursos para salir del estado de carencia. Frente a unos vínculos internacionales que sólo parecían ofrecer inequidad o caridad, ellos propusieron el Comercio Justo, una alternativa que hoy, en plena crisis económica mundial, merecería mirarse con mayor atención.

"Es una tecnología social muy nueva, que aún está en construcción -confirma Paola Berdichevsky, integrante de Avina, fundación dedicada a la promoción de la economía social y solidaria en América latina-. Nace, sin duda, desde una lógica primermundista. El lema Trade no aid significó cambiar la lógica de la caridad por el reconocimiento de la dignidad de productores a "los pobres del tercer mundo". Comienza desde una transacción comercial en condiciones de respeto por las y los productores, pero es también una herramienta para generar conciencia y abrir debates".

¿En qué se basa esta modalidad comercial? En lanzar al mercado productos de suma calidad que, además, garanticen (con los debidos sellos y supervisiones internacionales) que en su elaboración se siguieron criterios ecológicos, se generó desarrollo social y se respetaron las condiciones laborales de los productores. El Comercio Justo está íntimamente ligado con la noción de "consumo responsable". Esto es, la existencia de personas dispuestas a pagar un poco más por productos elaborados en óptimas condiciones humanas y naturales. Los alimentos orgánicos y las artesanías suelen ser los bienes de intercambio más habituales. En Europa (especialmente Italia) y los Estados Unidos se cuentan por miles las tiendas dedicadas exclusivamente a su comercialización.

El Banco Mundial reconoció al Comercio Justo por su aporte a un mejor uso de los recursos naturales, el descenso de riesgos de salud por la utilización de menos sustancias químicas y el mayor empleo de mano de obra en el agro. Según la Federación Internacional de Comercio Justo (IFAT, International Federation of Alternative Trade), en 2007 las ventas correspondientes a trece países de América latina ascendieron a US$ 47.180.708. Ese mismo año, las ventas globales de alimentos certificados por FLO (Fairtrade Labelling Organization: organización otorgante del sello de calidad del Comercio Justo) aumentaron un 47% respecto de 2006.

Ni estos datos ni los conceptos en danza son demasiados conocidos en la Argentina. Sin embargo, existen a lo largo de todo el país emprendimientos vinculados con un movimiento que aspira a crecer a escala continental. A continuación, dos casos que dan cuenta de eso.

Memorias del monte
Todo empezó con una escuela de telar. En 2001 la Asociación Adobe se propuso recuperar antiguas y casi extintas técnicas textiles nacidas en el monte santiagueño. "El objetivo era que se volviera a tejer -explica Sofía Folatelli, trabajadora social que desde hace cuatro años trabaja en el proyecto-. Generar trabajo con una riqueza que las mujeres que viven en este lugar ya tenían". Que tenían, pero habían olvidado.

Cuenta la gente de Adobe que, tras siglos de olvido y menosprecio, los saberes ligados con el tejido y el hilado no sólo estaban relegados, sino que también eran enérgicamente rechazados por las hijas y nietas de las pocas mujeres que aún se decían "tejedoras". Ocurría lo mismo con el que hoy es uno de los ejes más interesantes del emprendimiento: los tintes naturales. "No querían usarlos -recuerda Claudia Mazzola, artista textil e integrante de Adobe-. Decían que las tinturas químicas eran más rápidas, de colores más fuertes. No querían ni siquiera recordar." Hasta que un día algo se destrabó y una de las alumnas de telar contó cómo su abuela teñía las telas con productos obtenidos en el monte. De a poco los recuerdos fueron surgiendo y las capacitadoras llegadas de la capital asistieron, maravilladas, a la recuperación de colores y tonalidades únicas. "Entre todo apareció la cochinilla; o grana, como la llaman ellos -continúa Mazzola-. Es un parásito que se cría en los cactus y da unos rojos, rosados y naranjas muy utilizados en el tejido santiagueño antiguo." Con la recuperación de este tintóreo surgió un proyecto paralelo al de las tejedoras: la organización de pequeños productores dedicados a la cría de cochinilla en palmas de tuna.

"La misión de Adobe es generar mayores oportunidades de vida en el campo. Por ello sumamos a la escuela de telar el proyecto de los pequeños productores, emprendimientos educativos, huertas, viveros y una reserva forestal (un predio cerrado de 18 hectáreas) que permitió la recuperación de especies vegetales y animales", enumera Folatelli.

Una reparación de la memoria y la autoestima colectiva que entre sus grandes protagonistas la tiene a doña Berna. Tejedora estrella de la escuela, a sus casi 80 años se convirtió en maestra y guía de las tejedoras más jóvenes. "Doña Claudia, a ese color lo han dejado solito", le dijo a Mazzola una vez, mientras señalaba una alfombra en la que, efectivamente, algo andaba mal. Porque para ella los colores se acompañan, están alegres o sufren en soledad.

Mientras la escuela se fortalecía, surgió la necesidad de organizar a las tejedoras. "Huarmi Sachamanta" se llamaron a sí mismas y se impusieron ritmos de trabajo y estándares de calidad con capacidad de competir en el mercado internacional. Un desafío nada fácil en una zona donde la sequía aprieta, la tierra se encrespa con el viento y en verano la temperatura puede llegar a los 50 grados. En esas condiciones, las Huarmi están produciendo piezas prolijamente tejidas, limpias, con los colores correctamente enjuagados. Muchas de esas alfombras y mantas se venden desde hace unos tres años en el exigente mercado de diseño de Milán. Otras se vendieron (y venden) en Santiago del Estero, en el puesto que las Huarmi poseen en la ruta 92. Y este año, con la apertura de la galería textil Spazio Sumampa en Buenos Aires, los espléndidos trabajos de las teleras santiagueñas tienen un espacio de comercialización en medio del vértigo porteño.

"El proyecto Sachamanta se focalizó en la producción y la venta de tejidos -asegura Folatelli-. Si capacitás durante tanto tiempo, en algún momento tenés que ayudar a generar medios para que los productos se comercialicen." En 2007 Sofía participó en una capacitación sobre Comercio Justo organizada por la Agencia Española de Cooperación Internacional en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Descubrió que lo que estaban haciendo en Santiago estaba muy emparentado con esa propuesta y, a su regreso, se propuso afinar aún más el emprendimiento. Por ejemplo, en lo referido a la composición del precio. "Fue un trabajo bastante difícil porque uno de los componentes del precio es el valor del tiempo de trabajo invertido -cuenta-. Pero ellas no tienen un horario fijo; el tejido (y el hilado aún más) está muy integrado a su vida cotidiana."

Con todo, las Huarmi tomaron como referencia el valor de los jornales de su región, hicieron números, contabilizaron materias primas y consideraron el trabajo de las hilanderas tanto como el de las tejedoras. Hoy pueden explicar la composición de sus precios a cualquier cliente. Aunque sus productos no cuentan con los sellos de las organizaciones internacionales, los criterios de producción, comercialización, respeto por el medioambiente y recuperación social los identifican con el Comercio Justo. "Porque adquirir una alfombra no es sólo eso. Es conocer lo que hay detrás: una historia, una persona, cantidad de procesos -comenta Folatelli-. Eso destaca el Comercio Justo, identificar a las personas que están detrás de cada producto, que no sea algo sin pertenencia. Con la salida del local en Buenos Aires estamos integrando los aprendizajes del último tiempo. El desafío ahora es darle continuidad y lograr que el proyecto pueda empezar a ser autosustentable."

Textiles responsables
Las remeras son de un diseño impecable, textura delicada y poseen estampas con motivos de aves y plantas. Integran la línea Levi?s Eco, una de las últimas apuestas de la marca de jeans, que concentra en este producto excelencia, criterios de producción respetuosos del medio ambiente y principios de consumo responsable. En suma, una iniciativa acorde con los parámetros del Comercio Justo.

"Me interesa mucho que un proyecto sea generador de trabajo, que permita cambiarle la realidad a la gente -se entusiasma Gabriela Soria, asesora de la Fundación Levi Strauss que, tras veinte años de trabajo en el mundo del marketing corporativo y la moda, encontró en este ámbito una síntesis entre desarrollo económico y conciencia social-. Creo que es una plataforma increíble para vender un producto maravilloso, pero que no es masivo: está destinado al nicho de quienes entienden de qué se trata esto."

Por su parte, Harold Picchi, presidente de la ONG Otro Mercado al Sur y uno de los grandes impulsores del emprendimiento que culminó en las remeras Levi´s Eco, asegura: "El Comercio Justo no está peleado con el mercado. El objetivo es desarrollar emprendimientos productivos en los que el factor humano sea sustancial".

Picchi conoció este modelo económico en 2002, durante una estada en Italia. Le pareció que la iniciativa debía traerse a la Argentina, especialmente en aquel crítico momento. En 2004 se creó la asociación civil sin fines de lucro Otro Mercado al Sur, inscripta dentro de los principios de la IFAT. Tras algunas experiencias con comunidades aborígenes y cooperativas productoras de miel en Santiago del Estero, Picchi supo que en Pigüé existía una cooperativa que trabaja en la industria textil y conoció a algunos pequeños productores de algodón (también agrupados en cooperativas) en Chaco. Fue entonces cuando decidió vincular el trabajo de la Cooperativa Agroecológica de Chaco con la planta industrial Textiles Pigüé. El objetivo era formar una cadena completa de producción (recolección, hilandería, tejeduría, tintorería, confección), algo bastante inusual en el ámbito del comercio justo. "En general, el fair trade se maneja con productos alimenticios y artesanías -explica-. Este es uno de los pocos casos que trabaja con toda la cadena productiva."

El desafío fue enorme. Entre 2004 y 2006, todos los implicados asumieron un esforzado proceso de prueba, error, aprendizaje, capacitación. Desde salvar las distancias geográficas y culturales entre los participantes de la cadena (productores rurales, operarios, técnicos, ingenieros agrónomos e industriales) hasta dejar de lado los criterios artesanales, asumir el rigor de la producción en serie y ponerse a tono con las exigencias del mercado internacional. El proyecto se presentó a Ctm Altromercato, una importadora italiana de Comercio Justo que, tras monitorear el emprendimiento, lo aprobó y financió. Así se realizó la primera producción de remeras. Luego vino el convenio con Levi´s Argentina, que redundaría en la segunda campaña. Asimismo, ya se solicitó la certificación del algodón orgánico a FLO, de modo que la cadena estaría en breve avalada por una entidad internacional.

En su primera campaña, la Cadena Textil Justa y Solidaria -así la llamaron- logró exportar 7000 prendas a los establecimientos de Comercio Justo europeos. Los productos argentinos cumplían con cada uno de los requerimientos para ingresar en esas cadenas: el algodón, cosechado sin fertilizantes ni pesticidas, había sido teñido con tinturas de bajo impacto ambiental; los implicados eran cooperativistas y productores indígenas; el precio del algodón correspondía a las condiciones impuestas por FLO. Exactamente las mismas pautas que rigen a la campaña realizada tras el convenio con Levi´s. "Si una marca así nos elige es que confía en la cooperativa -asegura Norma, una de las operarias que trabaja en el taller de confección de Textiles Pigüé-. Y eso nos hace sentir orgullosos". Junto con sus compañeras de taller, cursó un programa de capacitación financiado por la Fundación Levi Strauss. Otros integrantes de la cooperativa realizaron cursos en INTI e incluso viajaron a Italia para instruirse sobre los lineamientos del Comercio Justo y acordar transferencia de tecnología.

"Todavía nos falta" y "hay mucho por aprender" son dos de las frases más escuchadas en la planta de Pigüé. Marcos Santicchia, ingeniero industrial que trabaja en la cooperativa hace dos años y medio, comenta: "Me quedé por el desafío de mostrar que un proyecto con responsabilidad social es viable".

De momento, la constitución de la Cadena Textil Justa y Solidaria le valió a Otro Mercado al Sur el Premio a la Responsabilidad Social Empresaria 2007 otorgado por la Fundación ProTejer. Un reconocimiento a un proyecto que tiene poco de declamación y mucho de trabajo a conciencia: "No me parece que un producto deba ser un panfleto -reflexiona Picchi-. Sólo debe ser honesto y en él debe poder leerse la historia de quienes lo hicieron. Quien lo adquiera sabrá que es orgánico y que todos los que participaron en su elaboración trabajaron en forma digna. Hay transparencia; se puede decir claramente por qué cuesta lo que cuesta".

Por Diana Fernández Irusta
dfernandez@lanacion.com.ar


Para saber más: www.levi.com.ar
www.otromercado.org.ar
www.spaziosumampa.com.ar

lunes, 9 de marzo de 2009

Comercio Justo. Una alterrnativa al comercio convencional

Diario La Nación, lunes 9 de marzo de 2009. Columna de Opinión

La actual crisis económica y financiera internacional, de cuya profundización ni los economistas más prestigiosos se atreven a augurar el fin, ha traído al primer plano varios conceptos: comercio justo, desarrollo sustentable, responsabilidad social empresaria y cuidado del medio ambiente, que aunque son bien conocidos no habían logrado todavía ser considerados como herramientas para una posible solución de este fenómeno global.

Es de destacar que todos ellos están sostenidos por una concepción solidaria de la economía que tiene como norte una actitud crítica ante los modelos tradicionales de desarrollo que pueden producir rápidamente riqueza, pero, al mismo tiempo, crean miseria y exclusión en muchos sectores de la sociedad.

De allí que una de las condiciones básicas de esta economía solidaria sea la inclusión. Un modelo económico incluyente es aquel que considera las capacidades y potencialidades de cada individuo con equidad, como base de la construcción de relaciones justas, libres y democráticas en la integración de un desarrollo social. Es comprensible, por ello, que muchas voluntades se vuelquen en la actualidad -insistimos, como consecuencia de los desastrosos resultados a que condujeron al mundo los modelos agotados del capitalismo salvaje- a poner en práctica estas ideas para la recuperación, sobre todo, de las clases sociales más en riesgo.

Por cierto, el concepto de comercio justo existe ya desde hace bastante y nació, paradójicamente, de la situación de exclusión y explotación de numerosas comunidades en todo el mundo, como una alternativa al comercio convencional, porque al acercar el productor al consumidor evita la cadena de intermediarios.

Los expertos coinciden en que son tres las condiciones básicas que definen una transacción de comercio justo: la relación directa entre productor y consumidor, sin intermediarios o especuladores; un precio "justo", es decir, el que permite al productor y su familia vivir dignamente de su trabajo, y el establecimiento de relaciones y contratos de largo plazo basados en el respeto mutuo.

Por supuesto, una consecuencia directa de esta forma diferente de comprar-vender es la creación de consumidores mucho más responsables y solidarios, que finalmente se benefician en todo sentido, al adquirir productos nobles, de los cuales no sólo conocen el origen, sino también a quienes los hacen. Un consumidor responsable será también aquel que esté atento a saber si en el proceso de producción se han respetado las condiciones de seguridad y salud del trabajo, o del medio ambiente, si hubo equidad de género y si no hubo explotación infantil.

En América latina ha tenido un desarrollo notable en los últimos años. Rápidamente han surgido redes y articulaciones locales, nacionales y continentales, con distintos grados de avance y de impacto, y muchas han logrado establecer también relaciones fuera del continente, especialmente con Europa.

También hay un fuerte surgimiento de mercados locales latinoamericanos. Después de Ecuador y Brasil, donde se ha desarrollado más, según un estudio realizado por la organización internacional Avina, el fenómeno se está abriendo progresivamente paso en la Argentina. Incluso podría decirse que va de Norte a Sur. Por ejemplo, en Abra Pampa, provincia de Jujuy, está la ONG Warmi Sayajsunqo, que agrupa a varias comunidades indígenas y que creó un sistema de créditos único en la zona basado, fundamentalmente, en la confianza. En diez años de trabajo, se revitalizó la producción de la tierra y se fomentó la vuelta a las raíces aborígenes.

Algo parecido logró la Asociación Adobe en el monte quichua-santiagueño de Santiago del Estero, donde se recupera el trabajo, las técnicas, el diseño y los colores de las teleras, que se enseñan en una escuela de telar; otro tanto puede decirse de la fundación Silataj, la entidad sin fines de lucro cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida y promover un mayor desarrollo económico y social para los pueblos originarios del norte argentino, como los wichis, collas, chanés, pilagás y tobas. Finalmente, en el Sur, el Mercado de la Estepa, ubicado a pocos kilómetros de Bariloche, cumple una función similar con los artesanos de la zona, y en estos días su ejemplo ha sido seguido por una organización en San Antonio Oeste, Viedma.

Estos son sólo ejemplos locales de un proceso en construcción, que lentamente se extenderá a todo el mundo. El crecimiento del denominado comercio justo demuestra que es posible un mayor equilibrio en el comercio mundial; viene a resaltar la necesidad de un cambio en las reglas y prácticas del comercio convencional, y enseña cómo un negocio exitoso puede, también, dar prioridad a la gente, porque de eso se trata.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La hora del comercio Justo

La Nación, domingo 4 de noviembre de 2007

Solidaridad, equidad y cuidado del medio ambiente son algunos de los ideales que alientan la búsqueda de canales alternativos de comercialización, un fenómeno global cuya lógica no consiste en minimizar costos para obtener mayores ganancias sino en garantizar a los artesanos y pequeños productores de países en desarrollo un precio razonable por sus productos. Ya son unos 60 millones los adeptos en todo el mundo y el volumen de ventas alcanza los 1800 millones de dólares

Los países desarrollados se resisten a reducir los subsidios agrícolas que perjudican las exportaciones de los países en vías de desarrollo. Algunas naciones asiáticas invaden el planeta con sus productos de bajo costo elaborados por mano de obra esclava. Una multitud de argentinos se agolpa los fines de semana para comprar prendas de dudoso origen en la feria La Salada.

Mientras se producen estos abusos típicos del sistema económico global, una práctica comercial solidaria, equitativa y ecológica ha ganado terreno hasta transformarse en un verdadero fenómeno alternativo de alcance mundial. Es la modalidad internacionalmente conocida como comercio justo, que ya tiene unos 60 millones de adeptos y que moviliza en la actualidad unos 1800 millones de dólares. Aunque todavía de manera algo tímida, su desarrollo también se advierte en la Argentina.

Según las estadísticas suministradas por Fairtrade Labelling Organizations (FLO), una de las entidades encargadas de certificar los bienes que se comercializan en estas cadenas, ya hay 598 organizaciones que nuclear a productores de 59 países que operan con el sello de comercio justo. "En la última década el número de organizaciones de productores se ha triplicado, y las ventas han aumentado a un promedio de 40 por ciento por año", señala Barbara Fiorito, directora de la Mesa de Directores de FLO.

Hay lugares en los que esta modalidad es un verdadero fenómeno, como en Alemania, en Holanda y en algunas regiones de España. Pero el caso más emblemático es el de Gran Bretaña, en donde a través de comercios como los de Oxfam y Traidcraft se concentra el 25 por ciento de los productos justos, y en donde el volumen de ventas crece un tercio cada año. Sainsbury´s, una de las mayores cadenas de supermercados británicas, comenzó el año pasado a vender bananas sólo si contaban con un certificado de comercio justo, como un modo de responder a una demanda de consumo ético que habían planteado algunos compradores. Marks & Spencer hizo lo mismo con los tés. En tanto Dunkin Donuts y las cadenas de hoteles Scandic y Hilton anunciaron que servirían café de comercio justo a sus clientes.

Tal como ocurre con el cuidado del medio ambiente, la movida a favor del comercio justo sumó a la causa a artistas populares como el infaltable Bono o el cantante de la banda Coldplay, Chris Martin, quien apareció en varios recitales haciendo promoción del sitio www.maketradefair.com . Oxfam también editó un libro en el que 70 celebridades británicas ofrecen sus recetas culinarias elaboradas con productos justos.

La principal particularidad de este esquema comercial es que en vez de seguir la lógica capitalista de minimizar los costos para obtener mayores ganancias, busca garantizarles a los artesanos y productores de países en vías de desarrollo un volumen y un precio de compra razonables para que puedan trabajar en situación digna y mejorar sus métodos de producción. La lógica a la que responde es similar a la que rige para los productos ecológicamente responsables, en la cual los consumidores, en general de países ricos, se toman el trabajo de seleccionar las mercancías identificadas como justas para promover un circuito comercial más equitativo e inclusive, en algunos casos, de pagar un valor ligeramente superior por ellas.

Un bien elaborado bajo la impronta del comercio justo supone haber seguido una serie de consignas básicas, como no recurrir a mano de obra esclava, respetar los derechos de las mujeres y los niños, ser sustentable para el medio ambiente, no incluir costos sobredimensionados de intermediación, y por supuesto, haber sido adquirido por un valor justo y acorde con el trabajo realizado. "Si en el comercio tradicional los compradores tratan de hacer máxima la relación precio-calidad, los consumidores responsables están dispuestos a pagar un precio superior, entre un 10 y un 20 por ciento, por el mismo nivel de calidad si tienen garantías de las repercusiones sociales de su acto de compra", indica en un informe la Asociación Europea de Comercio Justo (EFTA). Para algunos se trata de conciencia global, para otros, de licuar culpas por las injusticias en el sistema comercial mundial.

Los académicos españoles Inmaculada Buendía, Jorge Coque Martínez y José Vidal sostienen que "la incorporación de los aspectos éticos como criterios de decisión de compra ha puesto de manifiesto que estos consumidores no sólo toman en consideración la calidad de los bienes, sino también dónde y cómo han sido fabricados, además de quién se beneficia con su compra". Y aportan como dato adicional que el perfil más representativo del consumidor justo son las mujeres de clase media y media-alta, por debajo de los treinta y cinco años.

Claro que a medida que se expande el fenómeno del comercio justo, también comienzan a emerger los cuestionamientos. Uno de los más severos se produjo cuando algunas multinacionales, como por ejemplo Starbucks, Nestlé, McDonald´s y Donkin Donuts, lanzaron sus propias líneas de productos Fairtrade. Muchas de las organizaciones que pugnan por difundir una modalidad comercial alternativa se sintieron burladas por esta decisión y algunas de ellas iniciaron campañas en contra de los procesos de certificación.

El término comercio justo empezó a utilizarse a partir de 1964, durante la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo de la ONU (UNCTAD) realizada en Ginebra. Como parte del auge de las ideas sobre el Tercer Mundo y del Movimiento No Alineados, se planteó allí un fuerte debate sobre la necesidad de generar un flujo comercial más equilibrado entre el desarrollado hemisferio norte y el sur subdesarrollado. "Trade, No Aid", fue el lema con el que se buscó reflejar los esfuerzos por reemplazar la ayuda a los países más pobres por facilidades para comerciar.

En las góndolas

Desde entonces, el crecimiento a nivel mundial de esta práctica ha sido constante, tanto en Africa, Asia y América latina, que conforman las áreas productoras, como en Europa, Estados Unidos, Japón, Canadá y Australia, donde está la mayoría de los consumidores. Además, el sistema ganó en sofisticación, ya que surgieron redes de ONG dedicadas al tema y organizaciones internacionales encargadas de realizar la certificación. Hoy los productos justos se comercializan a través de unas 3000 tiendas especiales, pero también se los puede encontrar en 60.000 comercios europeos y 20.000 norteamericanos de ramos generales que han decidido incluir este tipo de mercancías en sus góndolas con etiquetas que identifican su pertenencia al movimiento "Fair Trade".

Según la Asociación Europea de Comercio Justo (EFTA), el 69 por ciento de la mercancía vendida por esta vía corresponde a alimentos, el 26 por ciento a artesanías, y el cinco por ciento restante a rubros como libros, videos y música. América latina se incorporó tempranamente a este movimiento a través del café, que ha sido siempre el producto emblemático del comercio justo porque los europeos lo identifican con el trabajo esclavo. De hecho, el primer café producido bajo la noción de comercio justo era elaborado en 1973 por cooperativas guatemaltecas bajo la marca "Indio Solidarity Coffee". Posteriormente Ecuador ingresó con fuerza al movimiento con la venta de café y de bananas, y más tarde lo hicieron países como Perú y Bolivia a través de artesanías y productos indígenas.

Mercedes Marzal, directora de Arte y Esperanza, apunta que "a nivel latinoamericano hay una trayectoria más vasta que en la Argentina, en donde el comercio justo llegó un poco tarde. Por eso, mientras en países de la región hay grandes cooperativas, acá la mayoría de las organizaciones integran pequeños grupos dedicados a los alimentos o las artesanías que están tratando de armarse".Pese a ello, el comercio justo se ha expandido fuertemente en la Argentina a partir de la crisis de 2001-2002, cuando confluyeron movimientos relacionados con el trueque, la recuperación de fábricas y la renovada actividad cooperativista. Por un lado, la debacle promovió la expansión de canales comerciales informales y, por el otro, la devaluación les otorgó mayor atractivo a las exportaciones.

Estos procesos tuvieron su corolario en 2004 con la creación de la Red Argentina de Comercio Justo (Racj), una entidad que aglutina a veinticinco organizaciones nacionales y que se transformó en el primer intento para darle organicidad a un movimiento hasta entonces disperso.

Según los datos que aporta Rubén Ravera, presidente de la cooperativa Autosuficiencia y uno de los fundadores de la Racj, en la Argentina actualmente hay cerca de un centenar de grupos que forman parte de estas cadenas alternativas. "La crisis de 2001 tuvo mucha importancia porque la gente se hizo más consciente del valor de la solidaridad. Hasta entonces, la Argentina no se pensaba a sí misma como un país de pobres. El consumo responsable y la justicia comercial se volvieron valores más conocidos", coincide Dolores Bulit, vocera de la Racj y referente de la organización Silataj. Pero también admite que los progresos realizados en los últimos tiempos pueden verse frustrados porque "la inflación está transformando el factor precio en un elemento determinante para definir una compra".

Sin embargo, hay sectores productivos nacionales a los que en los últimos años se les han abierto oportunidades excepcionales para incorporarse a los flujos mundiales de mercancías justas, al punto de que algunos de ellos inclusive se encuentran en proceso de certificación internacional.

Uno de ellos es la producción apícola, muy desarrollada tecnológicamente y floreciente económicamente. En 2006 la Argentina vendió al mercado externo 104.000 toneladas de miel, lo que la transformó en la segunda exportadora mundial. Parte de este crecimiento responde al trabajo de apicultores y cooperativas del noroeste del país que integran un conglomerado productivo y adhieren a los principios del comercio justo. "Para los pequeños productores, formar parte del cluster constituye la única posibilidad de insertarse en una cadena competitiva sostenible en el tiempo. Además, tienen la posibilidad de hacer compras conjuntas de insumos, y en vez de vender la miel a un acopiador sin saber qué pasa después, pueden insertarse en un flujo transparente, donde saben cómo va a ser el negocio, los costos, y los márgenes, evitando así las posiciones dominantes", señala Enrique Bedascarrasbure, uno de los principales impulsores del conglomerado que está próximo a obtener una certificación internacional.

Otro núcleo productivo que visualizó el comercio justo como una alternativa es el té. En Misiones este sector se nutre del aporte de cientos de pequeños productores, pero está regido por las condiciones que fijan cuatro o cinco grandes empresas. "¿Cómo nos íbamos a mantener si el brote de té a nosotros nos sale 0,50 centavos de peso, y los exportadores nos pagan 0,15 centavos? Nos dimos cuenta de que si no instrumentábamos cambios profundos íbamos a quedar fuera del mercado en pocos años", admite Hugo Sand, miembro de la Asociación de Productores Agropecuarios de Misiones, una de las entidades que se sumó al cluster para tratar de elaborar un té de mayor calidad a mejor costo.

El potencial de sectores como el de la miel o el té en las cadenas de comercio justo abre importantes posibilidades de exportación y de financiación para cooperativas y microemprendedores que fueron desplazados de los circuitos centrales, y que han encontrado en este movimiento una alternativa para desarrollar un trabajo digno con remuneración equitativa. Algo así como una reedición de las viejas utopías pero con sentido práctico.

Por Jorge Liotti

viernes, 26 de octubre de 2007

Consumidores y productores se unen por la causa del comercio equitativo

Apoyo de España a campesinos y artesanos

Por Analía H. Testa
De la Redacción de LA NACION

Ya no son sólo las organizaciones no gubernamentales las que promueven la reflexión acerca del impacto de la producción agroindustrial en los recursos naturales y en las comunidades de origen. Los mismos consumidores generan presión en una tendencia que parece no tener vuelta atrás: la conciencia crítica acerca de sus necesidades y de las consecuencias de sus decisiones de compra.

Nadie puede, por sí solo, torcer el rumbo de las políticas macroeconómicas que parecen tornar cada vez más vulnerables a los pequeños campesinos o a los artesanos de minorías étnicas, sin embargo, está al alcance de los consumidores elegir productos que favorezcan el desarrollo de sus comunidades.

Esta manera directa de promover una mejor inserción en el mercado de los que se esfuerzan por superar la economía de subsistencia, ha ganado fuerza a través del movimiento del comercio justo. En rigor, la estrategia consiste en limitar el número de intermediarios "especulativos" en la cadena comercial, de manera que el máximo beneficio sea para el primer eslabón. Los principios básicos en los que se sostiene la iniciativa son salarios y condiciones de trabajo dignos, igualdad entre hombres y mujeres, ausencia de explotación infantil y respeto por el medio ambiente.

Se estima que sobre el precio final de un artículo, el productor recibe entre el 20 y 50 por ciento. Además, obtiene la prefinanciación de una parte de los pedidos de los importadores y recibe la totalidad del pago al entregar su mercadería, explica María Herranz Gete, de la Coordinadora Estatal de Comercio Justo (CECJ), de España, quien visitó recientemente la Argentina para ofrecer capacitación y conocer grupos de artesanos indígenas de Formosa, por iniciativa de la Comisión de Cooperativas y ONG de la Cámara de Diputados y de la Agencia Española de Cooperación Internacional en la Argentina.

Según la especialista, en este movimiento la firma importadora suele obtener un beneficio neto del 5 al 10%, que se reinvertiría en proyectos de fortalecimiento del comercio justo. A su vez, las tiendas de venta minorista lograrían un beneficio neto de entre un 5 y un 20 % del precio final, según su facturación, que también se volcaría a la promoción. Con la compra de productos de comercio justo se contribuye a cambiar las actuales pautas de producción y de consumo.

Este movimiento ha logrado gran adhesión en los últimos años, especialmente entre consumidores de alto poder adquisitivo. Así lo constatan en Intermón Oxfam, una ONG española, que cuenta con más de 250.000 socios y cuyo objetivo es organizar campañas para sensibilizar a la población respecto de los problemas que afectan a los campesinos de países pobres y ofrecer ayuda a organizaciones de productores del Hemisferio Sur mediante el "partenariado comercial".

Proyectos de largo alcance

La relación que se establece supera la de un proveedor con su cliente; apunta a mantener la sostenibilidad de los proyectos y su integración al mercado convencional, según explica José García Ruiz, directivo de Intermón Oxfam, quien también estuvo de paso por el país.

El objetivo es que, con el tiempo, las organizaciones de productores ganen independencia y tengan mayor impacto en la lucha contra la pobreza. Para lograrlo, "es fundamental mantener los volúmenes de compra, los precios pagados, la prefinanciación y los plazos de entrega", opina García Ruiz.

La gama de productos que ofrece esta ONG, en unas 40 tiendas distribuidas por toda España, comprende artesanías textiles, marroquinería, juguetes, alimentos (café, chocolate, infusiones, especies, pastas, cereales), prendas de vestir y cosméticos. Distribuyen productos de unas 46 organizaciones de comercio justo de 18 países de América latina, Africa y Asia.

Cada año, distribuyen el presupuesto de compra según criterios previamente establecidos: el índice de pobreza del país al que pertenece el grupo de productores, el grado de participación de las mujeres en las organizaciones rurales y el nivel de desarrollo del grupo (dando prioridad a los que más necesitan apoyo). También se evalúa la capacidad de crecimiento, el desarrollo de novedades y el potencial comercial de sus productos para acercar una propuesta de compra.

Uno de los indicadores de la creciente importancia del consumo responsable en Europa es la creación de la CECJ, ya en 1996, en España, cuyo propósito es promover este movimiento como herramienta eficaz de cooperación y "generar conciencia acerca del poder de compra a la hora de cambiar estas injustas estructuras", explica Herranz Gete.

La CECJ no sólo organiza campañas sino que encara investigaciones para mejorar el impacto y favorecer la expansión del Comercio Justo y participa en organizaciones internacionales con las que comparte objetivos.

Tendencia en aumento

La Organización Internacional de Comercio Justo cuenta con 300 miembros de más de 60 países. Aproximadamente el 65% de ellos pertenece al hemisferio sur (distribuidos en Asia, Africa y América latina); el resto se encuentra en Europa, América del Norte, Japón, Australia y Nueva Zelanda.

Según la Fairtrade Labelling Organization, "las ventas de productos certificados de Comercio Justo aumentaron un 37% en 2005 respecto del año anterior, con negocios por 1141 millones de euros. En Europa, las participaciones más altas en ventas de Comercio Justo son Alemania, Suiza y el Reino Unido, seguidos por Francia y Holanda.

En el Viejo Continente hay más de 2800 "tiendas solidarias" y más de 55.000 supermercados e hipermercados venden productos de Comercio Justo.



Publicado en diario La Nación de Buenos Aires, sábado 6 de octubre de 2007. Suplemento Campo

miércoles, 1 de agosto de 2007

Una herramienta de equidad a nuestro alcance.

En todas las facetas de la vida comercial de una organización la responsabilidad es un valor sin e qua non, debido a la permanente exposición con que cuenta una firma, ya que se expone a clientes, proveedores, empleados y comunidad en general.

Respecto de la incorporación de suministros, insumos, materias primas o productos terminados para su recomercialización, es ahí donde la responsabilidad social empresaria se hace presente de una manera muy importante.

En esta faceta somos clientes. Como consumidores tenemos la posibilidad de hacer valer lo que compramos. Cada producto tiene un precio, generalmente dado por la competencia en diferentes mercados. Ese precio es único pero el valor que le asignamos a cada artículo varía según la concepción que tenemos de las cosas.

En un mundo en permanente cambio y evolución, también crece la exigencia de los consumidores. Los mismos se encuentran cada vez más deseosos de encontrar más valor por lo que compran. Y es importante que ese valor tenga incorporado el respeto por las normas.

Y como se pueden respetar las normas y reglamentaciones a través de la comercialización de los productos? No es posible que se vendan productos, cuya elaboración daña el medio ambiente. Tampoco es aceptable que se vendan productos o servicios generados por personas indocumentadas, explotadas, mal pagas o en la informalidad (léase, en negro). Como tampoco es posible que se vendan productos de empresas que no cumplen con normas éticas o de libre competencia.

Como consumidores y como empresas, debemos ser concientes de que los productos y servicios que adquirimos, fabricamos o generamos tienen que respetar las normas. Es allí donde empezamos a "igualar para arriba" y permitimos que se desarrollen equitativamente y competitivamente los mercados donde nos hallamos inmersos.

Está más que comprobado que los clientes son y somos capaces de pagar más dinero si hace falta con tal de comprar productos de empresas con responsabilidad social. No olvidemos que el cliente está cada vez más informado, capacitado y comunicado con otros clientes. Y las malas experiencias de compra se expanden con gran rapidez en esta aldea global.

Como siempre, espero que este tema nos llame a la reflexión.

Lic.Luciano Daniel Ricchetti
FOEMA. Area Resp.Social Empresaria